22 febrero 2005

Cartas - Junio 1982


04/06/1982 - ... He pasado a desempeñar un puesto de elevada responsabilidad en el glorioso e invicto gremio de Hostelería: Me dedico a hacerles la cama a los sargentos, brigadas y subtenientes y a abrirles la puerta cuando vuelven de sus nocturnas algarabías. No sé como llamar a esta película, "Las que tienen que servir" o "Portiere di notte ‘82"... (durante unas semanas me voy voluntario a trabajar en la residencia de suboficiales para no ser reclutado en las maniobras generales de aquel año).

14/06/1982 – Ahora soy recepcionista en la residencia de oficiales. Ya no hago camas y estoy contínuamente rodeado de estrellas, la Vía Láctea Condensada.

Hechos y dichos de la mili: "¿En qué se diferencian los protestantes de los católicos, mi teniente?" "En que los católicos somos católicos, apostólicos y ROMANOS y, en cambio, los protestantes son católicos, apostólicos y ALEMANES" – ab-so-lu-tamente verídico...

17/06/1982 – Como sin duda ya sabes, me encuentro de nuevo en el cuartel del Charro. ¿Cómo pudo pasar? He aquí una dramatización del suceso:

Primer Acto – Primera Escena (nella residenza degli officiali): Alfredo barre la escalera en el exterior de la Residencia. Arriba, en recepción, suena en Radio 3 Françoise Hardy, "Comment te diré adieu". Un individuo con uniforme de Teniente Coronel baja de un Land Rover del Ejército de Tierra (ET) y comienza a subir las escaleras.

Alfredo: "A la orden, mi Tte. Coronel!" (sigue barriendo)
Tte.Col.: "mmmm" (ininteligible) (sigue subiendo y entra en recepción)
Tte.Col.: "Dónde está el recepcionista? Es que no hay nadie?"
Alfredo (jadeando por haber subido corriendo las escaleras): "Soy yo, mi Tte. Col."
Tte. Col.: "Dónde está el Tte. Col. Fulano? Y el Tte. Col. Mengano?"
Alfredo: "No lo sé, mi Tte. Col; espere un momento que lo mire en el cuadrante, por favor..."
Tte. Col.: "Y por qué no me pide la identificación? Es que aquí nadie controla quién entra y sale?
Alfredo: "Como le he visto de uniforme y bajando de un Land Rover..."
Tte. Col.: "Pero podria haber sido uno de ETA, disfrazado!!!..."
Alfredo: "perdone, mi Tte. Col., es el segundo dia que estoy en la recepción..." (como vas a ser de ETA, gilipollas, con el careto de facha que tienes...)
Tte. Col.: "Quiero hablar con el jefe de esta residencia!" (Alfredo busca al teniente jefe de la residencia. El teniente jefe de la residencia, Tte. Vallejo, esta defecando y no puede salir del WC. Al fin sale y se presenta ante el Tte.Col.)

Segunda Escena (Nel salone della cantina degli officiali): Alfredo hace mutis por una puerta excusada; desde fuera, escucha la conversación:

Tte. Col: "Es Ud. un inútil, no sabe mandar, etc...!!!"
Tte.Vallejo: "Pe-perdone, mi Tte. Col., pe-perdone mi Tte. Col., pe-perdone, mi Tte. Col., pe-perdone, mi...."

Tercera Escena (Nella Recepcione)
Tte.Vallejo: "Es usted un in-inutil, un imbe-becil, un cre-cretino, etc..."
Alfredo: "Si, mi Tte., si, mi Tte., Si, mi Tte., etc..."
Segundo Acto – Primera Escena: Alfredo acaba de comer y sube a Recepción –sin ser su obligación- para ayudar y hacer méritos ante sus mandos. Han llegado unos oficiales de Madrid que quieren habitación. A dos de ellos se les asigna la habitación 203 y a otros dos la 205. La llave de la 205 no aparece . El cabo primera llama por teléfono al teniente Vallejo, por si la tiene él, pero no está en casa. Alfredo, mientras tanto, ha subido al segundo piso a enseñar la 203. Después va a buscarles unas toallas. Después baja y comienza a rellenar las fichas de inscripción. Suena el teléfono.

Teléfono: "Riiiiing!!, riiiing!!"
Alfredo: "Residencia de oficiales, digameeeé"
Tte. Vallejo: mmmmggggmmmiiimmmmejo"
Alfredo: "Perdone, no le entiendo..."
Tte. Vallejo: "mmgggamamamwwwooongggallejo"
Alfredo: "¿Quiere hablar con el Tte. Vallejo?"
Tte. Vallejo: "Queque sosoy el teteteteniente Vavallejo!!! Quíquiquién me ha llallallamado antes?
Alfredo: "No lo sé, mi tte., Espere un momento, que le paso con el cabo primera..."

La línea se corta en ese momento. El cabo primera y yo solucionamos el problema de la llave. Todo vuelve a la normalidad.

Segunda Escena: Entra el Teniente Vallejo como una Furia.

Tte. Vallejo: "Dónde está el que ha contestado antes al teteléfofofono?
Alfredo (con cara de Buster Keaton): "He sido yo, mi teniente"
Tte. Vallejo (milagrosamente restablecido de su inmemorial tartamudez): "¡¡¡Tu eres tonto, imbecil, etc...!!! ¡¡¡Coge ahora mismo el petate y vuélvete al cuartel!!!"
Alfredo (Casi aliviado): "A la orden, mi Teniente!"
Y así, queridos niños, fue como Alfredito volvió a cambiar de vida y de ambiente. La vida es un continuo cambio y todo pasa, nada permanece...

23/06/1982 – Gracias a los libros que compré voy superando esta ociosidad enorme que ahora atravieso. Porque llevamos unos días sin hacer nada de particular, salvo guardias y refuerzos, que también son ocasión propicia para la lectura... El otro día murió en la residencia de oficiales un Teniente Coronel. El hombre estaba viendo el partido España-Yugoslavia y le dio un infarto al señalar el árbitro un penalty. Ahora creo que hay justicia divina. Me he reconciliado con el foot ball.

25/06/1982 – Como ya sabeís, estoy a punto de recibir mis galoncitos rojos. Bueno, Hitler también empezó siendo cabo... Ayer fue el santo de Su Majestad y nos dieron fiesta todo el día. Como Marcelino (el médico de Sevilla que vive con el piso) está de maniobras y nos ha dejado el "dos caballos", nos fuimos a hacer turismo a Ledesma. Visitamos una iglesia medieval, un estanco, una tienda de ultramarinos donde compré un cenicero "Recuerdo de Ledesma" y un pub.

27/06/1982 – Hoy por ser el día de Our Lady of the Non-Stop Help, patrona de Sanidad, nos han dado un pequeño guateque en el cuartel. Creo que hoy es también el día internacional de Orgullo Gay y no sé muy bien cuales eran las secretas intenciones de nuestros mandos, siempre tan enigmáticos, al obligarnos festejar el día dentro del Charro. ¿Ha sido una fiesta o un castigo? ¿Esconde el subteniente bajo sus galones un espíritu sensible? Todo son preguntas, todo es misterio...

21 febrero 2005

Cartas - Mayo 1982

01/05/1982 – Hasta ayer por la noche no volvimos de las maniobras. Como aquello era el campo con toda su crudeza, no ha habido forma de comunicarme con el resto del mundo. He descargado muchos camiones de víveres y me he puesto muy moreno. Estoy entre Tarzán y el niño salvaje...

Lo peor es que mañana nos vamos otra vez al campo, a guardar unos depósitos de Campsa en las afueras, y hoy, fiesta internacional del trabajo y todo eso, hemos estado cargando camiones para la excursión.

03/05/1982 – Pues aquí estoy, a dos kms. de Salamanca, vigilando unos depósitos de Campsa y una central eléctrica. Hacemos guardias enormes, larguísimas, gigantescas. Duermo poco, como mal y el poco tiempo que teóricamente nos está reservado para el descanso me es arrebatado con las excusas más necias. Ayer, en el periodo de descanso nos pusieron a hacer gimnasia!!! Hace un tiempo horrible, calor durante el día y un frío espantoso por la noche. En fin, me muero de asco y de neurosis. Por no dejarnos, ya no nos dejan ni ducharnos...

10/05/1982 – Mi vida transcurre en la nada más absoluta. Ahora hemos cambiado de horarios y puestos: desde esta mañana me toca hacer tres horas de descanso y una de patrulla a lo largo de la vía del tren. Creo que con este plan podré dormir dos noches si y una no, que no está mal. El sábado y el domingo me harté de escuchar la FM y estoy al tanto de todo lo que en el mundo ocurre, aunque no pueda verlo. ¡Lo de las Malvinas resulta tan divertido!

14/05/1982 – Se dice que no nos vamos el domingo sino el miércoles. Se afirma que después de la presente movidita nos espera alguna otra. Se sabe que no más salgamos de aquí nos pondremos a hacer guardias en Tejares (polvorín situado en las afueras de Salamanca, guardado por un exiguo destacamento de artillería, unos pocos soldados de quienes se rumoreaba que practicaban sexo con sus cabras), y que será raro que nos den un permiso hasta principios de junio. En fin, todo depende del Mundial...

No patrullo gran cosa, me tumbo en la hierba, escucho la FM, hago crucigramas, hablo con mi compa, torturo hormiguitas... Por la tarde procuro ir a ducharme, me tomo un bocadillo, bebo cocacola. De vez en cuando pasa un tren: la gente nos saluda y nosotros agitamos nuestras gorras.

18/05/1982 – Hoy hemos vuelto al cuartel, después de tantos días de campo y playa. Y como recompensa, nos conceden el privilegio de hacer mañana guardia. Con ésto de la colaboración antiterrorista, no queda apenas gente en el cuartel y la vida es una tómbola donde siempre te toca un premio.

Cada dos por tres pasa un teniente al borde del colapso nervioso y empieza a chillar como un poseso. A eso se debe que esta carta esté escrita a trompicones.

Tuvimos terrible tormenta hace unos días, con bello despliegue de luz y sonido. ¿No será una señal del Cielo? Mira como al mismo Papa casi le apuñalan el día de Fátima... Mientras estábamos de camping, alguien encontró un muñeco roto; lo pusieron en un hueco de la tierra, cerca del cuerpo de guardia. Seguidamente empezaron a ponerle flores, adornos y chirimbolos. Un día apareció llorando lágrimas de sangre. Ahora se organizan romerías para verlo y todo el mundo lo llama "la virgen del Cuerpo de Guardia", MariCuerpo para los amigos...

21/05/1982 – Na’más llegar al cuartel, el sargento Gómez –un individuo extraño, tímido, retrógrado, blando- me preguntó si yo sabía hacer derivadas. Le dije que si y me dio un carpetón con ochenta problemas muy básicos, a nivel de BUP. Esto me está librando de limpiar cetmes o de montar tiendas...

Los mundiales tienen mucho que ver con mis permisos: resulta que mientras duren, el ejército sustituye a la policía y a la guardia civil en la vigilancia de ciertos sitios...

Lo de las Malvinas: Pues ya ves, a estas alturas, la posible conflagración es ya un hecho. Pero bueno, aun cuando uno sea pacifista y vea muy ridículo todo este asunto, no es algo que nos concierna y paso muy mucho. Mamá puede estar segura de que allí no nos llevan. A Campsa, quizás, a Vitigudino puede ser, pero ¡al hemisferio Sur!

25/05/1982 – Pues resulta que ayer tarde no salí de paseo. A las 17:45 me vestí. A las 18:00 me afeité. A las 18:15 bajé a formación para la cosa de la revista, el music hall. Y a las 18:20 estaba de nuevo en la compañía. Sucedió que de vez en cuando les entra la furia anti-capilar. Yo llevaba el pelo supercorto, pero reulta tan fácil decir: "Eh, tú, el alto!!"...
Hoy tampoco podré salir porque me ha tocado estar de cuartelero. La cosa consiste en figurar de portero a la entrada de la compañía y vocear cada vez que entra un mando, por ejemplo: llega el teniente y aparece por la puerta. Entonces yo digo con voz alta y clara: ¡¡¡Compañía, el teniente!!! Y todo el mundo se pone firmes y el teniente dice, adelante, adelante, muchachos...

18 febrero 2005

Salamanca, marzo 1982


Hace un frío de muerte cuando un desvencijado autocar me deposita en los alrededores de la plaza de toros. Son las seis de la mañana y hasta las diez no debo presentarme en el cuartel. Así que me encamino al centro de la ciudad buscando un bar. Me siento ridículo, vestido con el uniforme de paseo que me queda pequeño y cargado con treinta kilos de petate. No hay un puñetero bar abierto en toda Salamanca. De pronto, desemboco en la Plaza Mayor. Desierta. Excepto un fotógrafo, en el centro mismo del cuadrilátero, con su trípode y su cámara. Me parece una escena surralista, un poco como un cuadro de De Chirico.

A las diez me presento en el acuartelamiento "El Charro". Se trata de un feo conjunto de edificios grisáceos de estilo indeterminado al final de una de las mayores avenidas del ensanche. La Compañía de Sanidad, incluída en el Grupo Logístico, comparte barracón con la unidad de Intendencia. El sistema de incorporar soldados de 4 llamamientos distintos a lo largo del año tiene un efecto perverso: el orden jerárquico entre "bisabuelos", "abuelos", "padres" y "chivos", según la antigüedad en la incorporación a filas. Ahora yo soy un "puto chivo" y debo sufrir las novatadas que gastan los "bisas", sabiendo que dentro de unos meses podré vengarme en las carnes de mis chivos.

Los putos chivos entramos al despacho del Teniente Rico. Nos pide una sucinta autopresentación. Frente a mí, un chico muy alto, algo rellenito, moreno, con grandes ojos expresivos. Habla con fuerte acento catalán: "Me llamo Xavier, soy de un pueblo de Lérida y trabajo como técnico de máquinas de inyección de plástico". Es mi chico. Será mi amigote del alma durante 13 meses, una relación sin sexo pero casi matrimonial.

Cartas 1 - Marzo / Abril 1982

14/03/1982 – De momento no hago nada. Mis compas siguen con sus bromitas imbéciles (novatadas) y mis superiores con su imbecilidad congénita. Pierdo tanto el tiempo... Salamanca resulta preciosa, pero muy pequeña. Siempre te encuentras con la misma gente dando vueltas por los mismos sitios. Al final resulta deprimente. Ayer sábado me junté con un colega de la Policía Militar que ha resultado ser un espíritu exquisito, y nos fuimos a comer en plan lujo: 1.300 pesetas (Carísimo en 1982!), pero las berengenas rellenas gratinadas eran deliciosas y ¿qué decir del chuletón o de la cuajada con miel? Lo necesitaba psicológicamente.

Me he unido a otras seis criaturas de la compañía para alquilar un pisito cercano al cuartel. Tiene la clásica decoración coquetona kitsch, pero resulta muy agradable para pasar el fin de semana fuera del cuartel sin pasear agotadoramente por la Plaza Mayor, para vestirse de persona o para desinfectarse de vez en cuando.

Me imagino que te aburrirás una barbaridad. Te aseguro que yo también, y eso es lo más sorprendente de mi situación...


16/03/1982 – PROHIBE TERMINANTEMENTE a mamá que vaya por ahí mostrando la prueba de mi deshonor, la evidencia de la humillación que me impusieron. Y más aún teniendo en cuenta que he salido feo (vanitas vanitatis...) Me refiero a la foto de jura de bandera, que el fotógrafo cuartelario enviaba a traición al domicilio paterno de los reclutas con gran éxito comercial entre las madres.


22/03/1982 - ¿Qué hago? El imbécil, la mayor parte del tiempo: Friego suelos, quito el polvo y las telarañas, marco el paso, paso ligero, sigo con mi casco de la segunda guerra mundial que me queda grande y me da golpes en la cabeza cuando corro. Derecha arr, clases teóricas, hay un sólo Dios, una sóla Patria, una sóla Familia. Me visto de bonito y de feo, de granito, cuarzo, feldespato y mica, canto canciones de Vainica y de los 3 Sudamericanos, salgo de paseo, bebo moscatel en demasía, vuelvo ebrio al campo de concentración...

El pisito es en una barriada estilo San Blas pero en pequeño. Tiene salón comedor, 3 habitaciones, cuarto de baño, cocina y todas las comodidades de la vida moderna. Somos 7 a compartirlo, mayormente andaluces y catalanes. Es terrible, mis amigos son catalanes y se me están pegando unos giros rarísimos, por ejemplo: "¿qué hacen en el cine Van Dyck?" o "Tírame estas cartas al pasar por el buzón"

Los ratos buenos existen, pero sólo por comparación con los malos. Además, es frustrante que cuando te encuentras a gusto con la gente que te gusta, tengas que estar constantemente mirando al reloj, pensando que tienes que estar a las diez en el cuartel.


24/03/1982 – Acabo de tener una conferencia religiosa con el Pater (el capellán castrense), ese que parece del Opus, sobre el pecado y tal, y mañana tenemos confesión voluntariobligatoria, así que estoy preparando una lista de pecados espantosos para soltársela a nuestro Monty Cliff. Yo confieso...

Esto es tan sórdido, tan vulgar, tan aburrido...Si me vieras a las cinco de la mañana –si, cuando brilla ese gris inmaculado de ritmos gloriosos- con el traje de oso, las trinchas y un machete al cinto, paseándome entre bestias malolientes y roncantes... (describo una imaginaria, guardia nocturna en el interior de los barracones)

05/04/1982 – El lunes estuve montando tiendas de campaña y pasando frío. El martes poniendo y quitando dianas y desmontando tiendas de campaña y pasando frío. El miércoles, de garita en garita y nevando. El jueves, recogiendo papeles con un pincho en el campo. El viernes me dijeron que iba a ser cabo pero ya. ¿No te emociona tener un hermano militar de graduación?

En el Country Folk ya me conocen por mis rítmicos shows. Ayer –no te lo vas a creer- pusieron en mi honor discos de Depeche Mode y Spandau Ballet, y conocí a un individuo de la soldadesca que resultó ser de Madrid, habitual de Rockola y fan de Kraftwerk. Uau!

07/04/1982 – Lo de la nevada fue de lo menos Spandy que te puedas imaginar. A mí sólo me sugería las canciones más depres de Joy Division o el Regiment de Eno-Byrne. Pues si por la mañana la cosa resultó bonita, por la tarde ya se había deshelado y sólo quedaban un barro muy asqueroso y un frío increíble pero cierto. Por otra parte, ver nevar desde el cuerpo de guardia (un sitio horrible, la prolongación de los calabozos, con los presos chillando incoherencias por los ventanucos) no es lo ideal en plan contemplación de la naturaleza.

21/04/1982 – El domingo 25 me voy de maniobras (orquestales en la oscuridad) y vuelvo al siguiente domingo. Estaré en Vitigudino, o sea que figúrate el plan. Respecto a los rumores y conjeturas que supongo habreís escuchado sobre la utilización del ejército en la cosa antiterrorista, pues son ciertos a medias: Hay gente del cuartel que está haciendo guardias por las calles de Salamanca, pero eso es algo que no nos afecta a los sanitarios y logísticos.

Va a haber un concurso de poesía con motivo del día de las Fuerzas Armadas (30 de mayo, festividad de San Fernando). Al ganador se le conceden ocho días de permiso, así que estoy pensando en componer una oda, mayormente a base de endecasílabos rimados en "-erte" y "-aña"

15 febrero 2005

La Patria - Consideraciones

A mediados de febrero de 1982 he jurado bandera y disfruto de unos días de vacaciones en Madrid, a la espera de incorporarme a mi destino en Salamanca, Compañía de Sanidad (?) de la Brigada de Caballería Jarama. A estas alturas he descubierto varias cosas:

- La España profunda existe: El 80% de los soldaditos de reemplazo no son el tipo de gente con la que se suele cruzar un joven universitario madrileño, moderno y progresista. Quedo impresionado por el bajísimo nivel educativo de mis compañeros, cuyo mayor contacto con la civilización moderna es "Verano Azul". Muchos de estos chicos estaban deseando hacer la mili, era una manera de escapar de sus vidas.

- En el ejército, la tradición y las emociones mandan. La testosterona es un plus. Cualquier atisbo de inteligencia es reprimido. El resultado es un mundo kafkiano, cerrado en si mismo y autosuficiente, que se reproduce y reproduce en la conciencia de los soldados ciertos mecanismos mentales muy simples: fobias, prejuicios, obediencia.

- Cae un mito gay: Esas fantasías porno-gais de soldados montándoselo en plan salvaje no tienen nada que ver con la realidad. No sé si es el bromuro, el agotamiento físico o la depresión, pero el caso es que pierdo totalmente el deseo mientras estoy en recintos militares -aunque lo recupero rápidamente en cuanto vuelvo a Madrid.

- El terrible estrés de la vida militar, producido por el obligado cumplimiento de un estricto protocolo, te lleva a un estado de hipersensibilidad. Pasas de la risa al llanto en segundos, te indignas, odias, amas, enloqueces, con una intensidad inusitada. Sin duda era ésta la razón de tantos suicidios en la mili.

- El alcohol es el rey. El único recinto recreativo al alcance de los soldados: La Cantina. Es casi seguro que no habrá biblioteca, puede no haber instalaciones deportivas, pero en cada unidad hay siempre un bar que vende licores baratos. Ésto es así hasta el punto de que cuando hay maniobras, el primer vehículo de Intendencia que debe llegar al campamento y abrir sus instalaciones es el que llaman "la vietnamita": el bar.

Y a partir de aquí, en los siguientes posts me limitaré a reproducir párrafos de las cartas que durante la mili envié a mi hermana, con algunos comentarios de ahora en cursiva.

14 febrero 2005

La Patria. Enero-Febrero 1982

Llegamos al campamento. Nos distribuyen en compañías y nos numeran. Por azar, me toca ser el número uno de la compañía 33, el uno de la treintaytres. Parece muy gracioso, pero resulta ser un incordio, porque con mi estatura –que automáticamente me adjudica un lugar en la primera fila de las formaciones- y ese número, todo el mundo me conoce y es imposible escaquearse.

Los chicos que he conocido en el tren serán mis amigos durante las siguientes semanas, pero luego perderé el contacto con ellos, pues son destinados a diferentes ciudades. Una lástima.

Aprendo el significado de la palabra "escaqueo". Aprendo a desfilar marcando el paso, llevando el ritmo, como en una peli de Busby Berkeley. Aprendo el correcto uso del uniforme y los nombres de las prendas que lo componen: Trinchas, braga, chupita, tres cuartos, uniforme de bonito, de granito, kaki y verde-otan. Aprendo las distintas graduaciones y escalas de mando del ejército con sus galones y distintivos. Aprendo el significado de las siglas CETME (yo creía que era algo así como la marca ACME). Aprendo que estamos allí para salvar a la Patria del "enemigo". Todo es puro surrealismo.

Cada viernes, salen unas listas con los nombres de los que disfrutarán de un permiso de fin de semana. Me doy cuenta de que soy un privilegiado: mi dinero me permite pagar esos traslados, mientras que muchos chicos se quedan en aquella cochambre simplemente porque no pueden costearse el autocar. Sin hablar de los isleños, siempre ateridos de frío y tan lejos de sus casas.

Cae una terrible nevada, los termómetros alcanzan los 12 bajo cero, las cañerías se congelan, la calefacción no existe y las ventanas de los barracones están rotas. Duermo con el jersey azul de mi tía Angela puesto, pero agarro una gripe considerable.

Nos llevan a prácticas de tiro. Primero lanzamos granadas. Cuando me llega el turno, la granada cae tan cerca que todo el mundo se arroja al suelo. Bronca del oficial: "¿Es que en tu pueblo nunca vas a tirar piedras?" Intento explicar que en el centro de Madrid no es fácil ese tipo de actividades lúdicas. Luego viene el tiro con el fusil de asalto cetme. Eso no se me da mal, pero nadie me advierte de que debo abrir la boca al disparar y al primer tiro siento un terrible dolor en el oído y un pitido que no desaparece en una semana. De resultas de ésto, pierdo permanentemente el 80% de la capacidad auditiva en el oído izquierdo.

Pero no digo nada, porque la jura de bandera está cercana y si declaras alguna enfermedad no juras bandera hasta el siguiente turno, lo que supone alargar la mili un mes.
Y por fin llega el gran día. Todo lo que hemos hecho durante esos 40 días ha tenido un objetivo: Sincronización perfecta de masas en movimiento para proporcionar un bello espectáculo a las autoridades y pueblo llano en la Jura de Bandera. Mi familia ha intentado buscarme algún enchufe para el destino post-campamento –que será Salamanca-, pero no tenemos mucho contacto con militares y lo más que han conseguido son unas entradas vip para el Acto. Vienen a verme mis padres, mi hermana y mi tía Carmen, la hermana de mi padre.

El show concluye con un inflamado discurso del coronel al mando del CIR, en el que apela a los soldados a defender a nuestras madres y hermanas (del enemigo) y solicita a éstas la procreación de muchos hijos que defiendan la Patria. Mi hermana, que atraviesa una fase feminista radical, suelta tantos bufidos y exabruptos que es reconvenida por el público vip (mayormente militares y sus familias). Cuando acaba todo, me reúno con mi familia y esta vez mi padre se porta: esa noche dormimos en León, en el hostal de San Marcos. Me doy un baño de dos horas en la bañera de mármol. Poderío.

11 febrero 2005

La Patria. Enero-febrero 1982


Un lluvioso día de enero me convocan en un cuartel de Campamento para recoger el "petate". Me acompañan mis padres en el viejo 124. La convocatoria es a una hora intempestiva de la mañana y cuando llegamos es aún de noche. En las destartaladas calles que rodean al cuartel se ven otros coches con gente dentro, aguardando lo mismo. Se abren las puertas y empezamos a pasar. Hay unas listas, te llaman por el nombre, firmas un recibo y te entregan un enorme saco verde, el petate, donde se supone que puedes llevar tu equipaje al destino militar que te ha tocado. Que en mi caso es el Centro de Instrucción de Reclutas (C.I.R.) de El Ferral del Bernesga, a unos 20 kilómetros de León.
Cuando salgo, ya con mi petate, me cruzo con una cara conocida: es un chico con el que coincidía siempre en el autobús Circular cuando iba al Ramiro. Después había estudiado también Económicas en la Autónoma, pero nunca habíamos hablado. Siempre me había parecido ideal: Alto, guapo, elegante, simpático... Aunque se le ve tan perdido como los demás, me reconoce y me saluda.

Días después, estoy en la estación de Chamartín para tomar el tren que me llevará al CIR. Mi madre se ha empeñado en rellenar el petate con todo tipo de previsoras provisiones. Ropa interior de Damart Thermolactyl, embutidos diversos, tubos de leche condensada La Lechera... Así que pesa muchísimo. Visto unos viejos vaqueros Levi’s, un grueso suéter azul marino que me hizo mi tía Angela, chubasquero deportivo Karhu y botas de Segarra (alguien me dijo que lo mejor para evitar ampollas en los pies era usar botas de Segarra desde unos meses antes de la mili, y nunca una recomendación fue más acertada).

Yo había imaginado la escena en blanco y negro, con altavoces dando instrucciones en alemán (Achtung, achtung!!), vagones de mercancías atiborrados de chicos delgadísimos y banda sonora de Gustav Mahler. Nada que ver: Brillan los colores más radiantes al sol de enero. El tren es un cercanías igualito al que uso habitualmente para ir a la universidad. Y aparece el chico ideal del Circular, que se viene conmigo de campamento.

Durante el larguísimo trayecto, unas ocho horas, nos contamos nuestras vidas. Le llaman Tano, tiene mi edad, vive en Doctor Esquerdo con sus padres y estudió en el colegio Maravillas, por eso cogía el Circular, claro. Lo malo es que tiene novia formal y esta enamoradísimo.

Hay otro chico en el vagón que me llama la atención. Está sentado sólo, leyendo un libro muy grande con ilustraciones de Dalí. Es de estatura mediana, complexión fuerte, un poco calvo. Y tiene una de esas caras que sugieren experiencia, sufrimiento sobrellevado, sacrificio. Casi al final del viaje hace pandi con nosotros. Le llaman Boris, estudia medicina y es un encanto. Cuando llegamos al campamento somos los tres superamiguetes.
Aunque se me han borrado todos los comentarios que tenía, ahora yo también tengo el jaloscan, ¡¡ hale !!

10 febrero 2005

La Patria. Prólogo necesario. 23/02/1981

Una de las causas de mi terror a la mili era, sin duda, la situación política y el constante ruido de sables. La tarde del 23 de febrero de 1981 yo estaba en la facultad, en clase de Sociología. Entró uno de los chicos que hacía el doctorado y nos dijo que estaba escuchando en la radio la votación de investidura y que había aparecido un guardia civil pegando tiros. Nos pareció surrealista y nos echamos a reir. No obstante, el profesor dió por terminada su clase y nos aconsejó volver a casa. Aquella tarde una de mis compañeras estrenaba coche -un 850 cascadísimo de tercera mano- y carnet de conducir. Se ofreció a llevarme hasta Madrid y yo, que siempre he tenido tendencias suicidas, acepté. El caso es que nos montamos, conecté la radio para saber que había pasado y... ¡Sólo había música clásica y marchas militares! El mosqueo fue total. Según entrábamos en Madrid por la carretera de Colmenar, el tráfico se hacía denso e histérico y al llegar a Plaza Castilla todo era un inmenso atasco. Conseguí llegar a casa sobre las ocho y media. Mi madre, mi hermana y nuestra vecina Toñi se tomaban unas tilas. Y en ésto llegó mi padre con su histórico "¡Ya era hora!". Pero al día siguiente, todo se arregló. O eso parecía.
El caso es que las cosas no estuvieron nada claras hasta que los sociatas llegaron al poder. A principios de 1982 el gobierno de UCD se desmoronaba por todas partes. Al 23-F se añadía el caso del aceite de colza. Los militares seguían levantiscos, la extrema derecha convocaba sus 20 enes con toda tranquilidad. ETA seguía jodiendo.
En este ambiente, hacer la mili era arriesgarte a que te sacaran a la calle encima de un tanque a pegar tiros, o que te fusilaran por negarte a pegar tiros. Y yo nunca he sido un héroe.
Aparte de ésto y como reflexión personal sobre un tema histórico, tengo la impresión de que hubo muy pocos héroes en aquellos días. El 23 de febrero la gente no se echó a la calle para defender la democracia y sus representantes legalmente elegidos. La gente se encerró en casita a ver que decían en la tele. O salió corriendo por si acaso. Y es un tema que me cabrea repetir a los jóvenes que no lo vivieron y ahora van de republicanos: Si hubo alguien que nos salvó, ese fue sin duda el ciudadano Borbón. Porque vamos a ver: ¿a quién hacían caso los tenientes generales en cada Gobierno Militar, a las "masas" que habían tomado la calle, a una provisional junta de subsecretarios que encarnaba esa noche la legalidad del Ejecutivo, o más bien al rey, en su faceta de Capitán General? En mi modesta opinión, fue gracias a la Monarquía, que se salvó la República.

09 febrero 2005

La Patria y yo - Prólogo II (1981)

Es primavera de 1981 y se acerca el momento de la verdad: Ya no puedo seguir pidiendo prórrogas de estudios, este año cumplo 23 y a principios de 1982 tendré que hacer la mili. Entonces, mi padre plantea el problema: Es necesaria YA la eternamente aplazada operación de fimosis. Por una parte me aterra, por otra estoy deseando poder descapullar de una puñetera vez.
El día fijado me presento en el hospital de S. Francisco de Asís (C/ Joaquín Costa). Me desnudo, me ponen una ridícula bata verde de las que se atan por detrás y paso al quirófano. Uno de los ATS está buenorro y con los nervios, me empalmo (bendita juventud). La enfermera, al ver mi estado, procede a anularlo mediante los reglamentarios golpecitos de regleta. Una experta. Me tumbo en la mesa de operaciones y me ponen anestesia local. Aquí tengo que aclarar que la anestesia local me la tienen que poner en dosis de caballo para que surta efecto. Y no es el caso. Al primer corte, grito de dolor, pero cuando llega la labor de costura y reconstrucción, mi aullido es incontenible, llanto y crujir de dientes. La enfermera se apiada de mí, me pone la mascarilla y me cuenta un chiste verde (que desgraciadamente no recuerdo). La combinación de oxigenoterapia y sal gorda me produce un estúpido ataque de risa. Así que ya no sé si estoy riendo o llorando cuando salgo de allí por mi propio pie, con la cosa vendada y un pellejito menos
La convalecencia resulta lo peor. Durante más de un mes, sufro lo indecible cada vez que hago pis. Y ni te cuento lo que pasa cuando el natural vigor de la juventud me provoca una erección. Finalmente, con muchas precauciones y tras un largo periodo de abstinencia, consigo una masturbación medianamente satisfactoria. Este triunfo no calma mis ardores y una noche decido salir de ligoteo. Con éxito inmediato: un morenazo granadino de 8 grados en la escala de Richter me lleva a su casa y... ¡me hace un hombre!.
Al día siguiente tengo mis partes doloridas y un tremendo resacón, pero me siento un superhéroe, dispuesto a arrasar doquiera la Patria me envíe.

La Patria y yo - Prólogo I (1979)

Un mal día de 1979 recibo una carta del ayuntamiento. Debo presentarme en las oficinas municipales del Paseo del Prado para ser tallado como mozo del correspondiente reemplazo. Lo de ser "mozo" me hace mucha ilusión. El día señalado me presento allí con mis Abanderado bien puestos y procedo a rellenar formularios. En uno de ellos se me inquiere acerca de la religión que profeso. Dejo la casilla en blanco, alejando de mí la tentación de poner "pagano" o, mejor, "zoroastrista monofisita de culto siriaco". Me tallan (asombrándose de mi elevada estatura) y presento los impresos cumplimentados a la señorita funcionaria. Ésta, rubia teñida de cincuentaytantos y cara de mala digestión, repasa lo escrito con ojos expertos. De pronto, estalla: ¿Y religión, qué?... ¿Por qué no os da la gana de poner la religión?... A ver... ¿Tú estás bautizado?
Yo pienso un momento en la posibilidad de hacer valer mi recien adquirido derecho constitucional a no ser preguntado sobre ciertos temas, pero me atengo a lo práctico y respondo que si, claro, como todo quisqui. Entonces ella escribe con grandes letras en mi ficha:
C. A. R.
- y éso, ¿qué quiere decir?, pregunto.
- CATOLICO, APOSTOLICO Y ROMANO... Pues faltaría más...

07 febrero 2005

1979/1985 - la movida que ¿nunca existió?

Después de mis notas anteriores, creo que es casi obligado hacer unos breves comentarios sobre la famosa movida madrileña de los ochenta. Que realmente empezó en 1979, con las primeras fiestas en El Sol, la revista Dezine, Pepi, Lucy y Bom, Onda 2, las primitivas Costus...

¿qué fue la movida? - Desde luego, no era un movimiento de masas. La cosa empezó como una suma de casualidades: A finales de los setenta hay unos cuantos niños bien que entienden como burras, viajan a Londres, están a la última, rechazan el franquismo y lo carca, pero no soportan la aburrida estética progre de la época: cantautores, trenkas y barbas. Y se juntan con gente poco recomendable: camellos, chaperos, petardas proletarias de barriada. Esta gente se conoce, va a los mismos sitios: hay una promiscuidad muy grande, y no sólo en el sexo. Todos quieren ser estrellas del rock and roll. Al principio son sólo un rumor en boca de minorías, pero pronto aparecen en los medios y se convierten en "the talk of the town". Madrid hace bandera de esta gente, un poco por oposición a Barcelona, la eterna rival y ciudad moderna por excelencia hasta ese momento. Y al generalizarse, se oficializa, y al oficializarse, la movida se muere, porque se contamina con otras cosas no tan modernas, no tan divertidas, no tan elitistas. Los políticos intentan sacar provecho: Tierno Galván y su "colocaos y al loro". Por Dios, ¡¡qué vergüenza ajena!!

Finalmente, a mediados de los 80, cuando ha triunfado la estética que proclamaban, cuando ya está la moda juvenil en todos los escaparates, llega la agonía. El sida y el aburimiento han causado estragos. Paloma Chamorro oficia los funerales en el histórico concierto de los Smiths (fiestas de San Isidro 1985) en el paseo de Camoens: 200.000 madrileños de todas las edades y condiciones se rinden ante el desgarro tremebundo de un Morrisey más mariquita que nunca.

La movida ha muerto, viva el Gay Pride.

02 febrero 2005

1980 / 1981

Ataque de nostalgia al recordar esos años. Mi primera incursión en Chueca. Mi primer concierto en el Sol. Rockola. Las primeras pelis de Almodóvar. Aplauso y la Juventud Baila. El 23-F. Si, soy un chico de los ochenta –nada que ver con la deleznable serie de tele5, pero indudablemente me tengo que identificar con la década que viví con intensidad de veinteañero. En 1980 nadie había oido hablar del sida y Madrid hervía a presión un cocidito de sex and drugs and rock’n’roll.
Mi nuevo trabajo de fin de semana en los distinguidos salones de la cadena "Lord Winston" me proporcionaba una pasta gansa, que dilapidaba en gran parte en salir por ahí. El trabajo era pesado pero divertido. Consistía en hacer muchas tomas de la mesa principal con los novios, los padrinos, etc., y después hacer un recorrido minucioso por cada una de las mesas para sacar al tío Nicasio y a la prima Puri. La cinta terminaba siempre con la bajada de la tarta nupcial con música de Star Wars y los novios bailando los pajaritos. Sacábamos de 7 a 10 bodas por fin de semana y a mi me pagaban a 3.000 pelas por boda, o sea que me juntaba unos 20.000 duros al mes, que en aquella época eran una fortuna.
En la universidad hacía ya los últimos cursos, en la especialidad de sociología, muy bonita pero "con pocas salidas". Poco me importaba, pues no me veía opositando ni de ejecutivo. En realidad no me veía de ninguna manera, prefería vivir al día disfrutando ese periodo mágico. Escribía, dibujaba, escuchaba mucha música –Radio España Onda 2, Radio 3, Radio Juventud- leía poco, muchos comics y revistas sobre todo. Iba al cine asiduamente, con Miguelón (toda la serie B de ciencia ficción, The Rocky Horror Picture Show, El fantasma del Paraíso), con Jose Antonio (Wim Wenders, Herzog, mucho arte y ensayo) y con Jose Pablo (desde ET a Saló pasando por Woody Allen).
Una noche de julio de 1980 me armé de valor y me interné en los antros de Chueca. Hay que señalar que lo de antros no era entonces una metáfora, sino algo muy real. Concretamente empecé por lo más heavy, el auténtico y original Leather de la calle Pelayo. Creo que no estaba donde ahora está el New Leather sino un poco más hacia Augusto Figueroa, a la altura del Eagle. En realidad era un local dividido: la planta a nivel de calle seguía siendo un puticlú, mientras que el sótano era de mariconeo puro y duro. Fue llegar y besar el santo: conocí a Roberto, un chileno de mi edad que estaba como un pan. Aparte de guapo, era inteligente y simpático. Me llevó a tomar una copa al Ras, que acababan de inaugurar en la calle Barbieri. Fue un descubrimiento: diseño avanzado, excelente música y ambiente mixto-moderno predominando lo gay.
Otros antros de la época eran el Topxi (también llamado el Tomas, por el rápido acoso del camarero que te decía nada mas entrar: ¿qué tomas?), el LL (que había sido un cafetín hippie, el Sapo Verde), donde ponían pelis porno en super-8, el Catacumbas (ahora es una sauna, entonces era reducto de chaperos) y algo más tarde, el Cross y el Cruising.
Fuera de Chueca, mi local favorito era O’Clock, la disco más moderna del universo, totalmente gay y en pleno barrio de Salamanca (calle Hermosilla). Con pantalla gigante de vídeo, bolas de espejos, buena música y constante afluencia de guapos y famosillos.

31 enero 2005

1980 - J.A.

Sigo ya mismo con el relato de mis mocedades. Después del episodio de Javier me quedé hecho polvo, sumido en la más estricta depresión: Nadie Nunca me podría querer. Me consolé con algo de ligoteo fácil en el Carretas. Conocí, por cierto, a un chico interesantísimo, tocayo mío, pintor, supermoderno, simpático, divertido y con un sólo defecto: era MUY bajito. En noviembre de 1979 agonizaba mi abuelo paterno (el carlista, pobre hombre) mientras un servidor se fumaba sus primeros porros con dicho elemento subversivo.
Y a principios de 1980 sucedió algo inesperado. Paseaba una noche con Miguelón por Malasaña mientras le contaba un episodio de mi dificil adolescencia: concretamente la terrible experiencia de sentir como tu mejor amigo te la pega con el odiado profesor facha de gimnasia y F.E.N. El mejor amigo era J.A., un chico altísimo, algo mayor que yo, con mucho mundo, mi amor platónico de los 13 años. Era muy aficionado a la fotografía, tenía una Werlisa y salíamos los dos a hacer fotos y luego las revelábamos en el cuarto oscuro de un amigo de su madre, que era famosa y trabajaba en TVE. El caso es que el deleznable chulo de la OJE se enteró de que JA era experto en el tema de la fotografía y le pidió que le acompañara a comprar una cámara. Y un sábado, en vez de quedar conmigo para ir de fotos, quedó con el macarra de mierda. Desde entonces, mi relación con JA se había congelado. De hecho, en los últimos años no le había vuelto a ver.
Y de repente, le estoy contando todo esto a Miguelón, damos la vuelta a una esquina y ¡paf! me doy de golpe y porrazo con JA. Mucho más adulto, simpatiquísimo, superatractivo desde sus 2 metros largos de estatura. Miguelón se fue (en realidad ya se iba) y nos quedamos sólos, charlando de cincuenta cosas. Me puso al día de como habían terminado las cosas en el colegio (como el rosario de la aurora), intercambiamos teléfonos y quedamos en vernos. Y durante los dos años siguientes no paramos de vernos. Había montado una cooperativa de vídeo con unos amigos que había resultado ser un desastre económico. Recuerdo que estamos en 1980 y eso del vídeo nadie sabía lo que era. El caso es que para sobrevivir había encontrado un trabajillo como cámara de bodas y bautizos de los afamados salones "Lord Winston" y necesitaban alguien como yo para iluminar y llevar a cuestas el pesado magnetoscopio de las primitivas Betamax.
Fue un año muy divertido, JA rompió con su guapísima novia top model, al salir de las bodas -nos pagaban espléndidamente- nos poníamos de alcohol y porros hasta arriba y charlabamos de gilipolleces durante horas. Reconozco que me quedé otra vez un poco colgado, pero de otra forma, yo entonces ya tenía las cosas claras y buscaba algo real, posible, y él era TAN hétero...

27 diciembre 2004

Mi tía.


Durante el último mes he desaparecido de este blog. Esto se debe a mis nuevas condiciones de trabajo, sin internet y en horario más concentrado, pero también a problemas familiares: Después de una última enfermedad, mi tía Maruja ha fallecido. Y dos días después, su hermano –mi tío- Ramiro.

Mi tía Maruja había nacido el 27 de junio de 1919. El 27 de junio todo el orbe católico celebra la festividad de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro - aparte de coincidir aproximadamente con el Gay Pride. Las hermanas más beatas de mi abuela María se empeñaron en que a la recién nacida debía imponérsele como apelativo el santo del día y desde entonces fue María Socorro. Ella odiaba este nombre y cuando tuvo uso de razón lo camufló con un cariñoso "Maruja" que entonces no tenía otras connotaciones.
Era la segunda hija de 7 hermanos y la mayor de las chicas. Inteligente y trabajadora, obtuvo brillantes notas escolares y estudió la carrera de piano, pero no era una buena época para las mujeres con cerebro. Cuando terminó la Guerra Civil, mi abuelo –que había quedado en la ruina y se dedicaba a reparar camiones para alimentar a su numerosa familia- la puso a trabajar en las oficinas de una asociación de transportistas por carretera. Allí se convirtió en toda una institución. Cuando se jubiló en los años ochenta fue un acontecimiento en el sector del autocar.
Era una romántica y tuvo amores imposibles, su tipo ideal era Charles Boyer. Pero quedó soltera, no sé si por convicción propia, por fatalidad o por el egoísta deseo de mi abuela, que la destinaba a cuidarla en su ancianidad. Eso hizo y también cuidó siempre del resto de la familia en su papel de hermana mayor y responsable, de tía amorosa de sus 15 sobrinos. En cuanto a mi, como hijo mayor de su hermana pequeña y viviendo siempre a escasa distancia, tuve con ella una relación especial, dificil de explicar en unas pocas líneas. Fue para mi una segunda figura materna. Cariñosa y consentidora, pero también manipuladora y exigente.

Ha fallecido el pasado día 22. Toda una vida jugando a la lotería con auténtica fé y tenía que morirse el día del sorteo de Navidad. El día 23 lo pasamos en el tanatorio y el 24 por la mañana, mientras la enterrábamos en el panteón familiar de la Almudena, recibimos una llamada al móvil: acababa de fallecer su hermano Ramiro. Hablaré de él.

25 noviembre 2004

1979 - Javier


La tarde del 13 de octubre de 1979 hice pellas en la facultad. Me salté un par de clases y me escapé al Carretas. No había mucho público. Cuando terminó la película y encendieron las luces –había breves intermedios entre película y película, aunque era cine de sesión contínua- me fijé en un chico como de mi edad, muy alto y un pelín entrado en carnes. Vestía vaqueros y un chubasquero reversible de tipo marinero, de los que por un lado son azules y por el otro amarillos. Un poco onda Nudos. Las luces de la sala se apagaron y empezó una nueva proyección: "Bilitis". Nos colocamos uno junto al otro. Como él no parecía decidirse, le acaricié la mano. "¿ya estamos haciendo manitas?" –exclamó. Me hizo gracia y empezamos a hablar en tono distendido. Tenía que irse porque había quedado en Princesa con unos amigos de su facultad, así que le acompañé en el metro hasta Moncloa y allí nos despedimos, no sin antes habernos intercambiado los teléfonos.

Volvimos a quedar y caí como un imbécil en sus garras seductoras. Era dos años mayor que yo, acababa de terminar la carrera y ya trabajaba como maestro suplente en un colegio de la periferia. Tenía mundo, conversación, me invitaba a cenar en restaurantes baratos y luego recalábamos en discretos bares de ambiente - como el Juan Sebastián Bar (el actual Berlín Cabaret, en la Costanilla de San Pedro). En la penumbra de estos salones, practicábamos un simulacro de sexo ultralight que me dejaba plenamente insatisfecho. Luego volvía a casa a las dos de la mañana, enamoradísimo, y mi madre me estaba esperando en el balcón, envuelta en su bata de guata.

Esto duró un mes. Una fría tarde de noviembre quedé con Javier en el café Lion de la calle Alcalá. Sobre una servilleta de papel, dibujó unos gráficos con curvas de utilidad marginal para explicarme que me quería mucho pero no lo suficiente para arruinar su vida por mí: él quería ser un hombre normal, casarse con su novia de siempre, tener muchos hijos, triunfar en el trabajo...
Parecía el típico final de la historia. Y no, sólo fue el primer capítulo de una amistad que ya dura 25 años.

23 noviembre 2004

Desterrado

Hoy, 23 de noviembre de 2004, después de 17 años prestando mis servicios laborales en los Servicios Centrales de SuperBanco, he sido desterrado a la red comercial (vulgo sucursales), para proseguir mi triunfante carrera hacia la prejubilación como "operativo" (vulgo ventanillero). Mi delito: mi perfil (aristocrático).
Hablando de otra cosa: en la introducción que hice el otro día del Cine Carretas, incluía un enlace a una búsqueda de Google y decía que había encontrado poca cosa sobre la Catedral. ERROR!!! Encontré un maravilloso cuento en pdf escrito por alguien que conoce lo que cuenta. Lástima que su página personal no funcione, me encantaría contactar con él, seguro que de vista le conozco...

19 noviembre 2004

Visto y no visto

Seen and Not Seen

He would see faces in movies, on T.V., in magazines, and in books....
He thought that some of these faces might be right for him....And
through the years, by keeing an ideal facial structure fixed in his
mind....Or somewhere in the back of his mind....That he might, by
force of will, cause his face to approach those of his ideal....The
change would be very subtle....It might take ten years or so....
Gradually his face would change its' shape....A more hooked nose...
Wider, thinner lips....Beady eyes....A larger forehead.
He imagined that this was an ability he shared with most other
people....They had also molded their faced according to some
ideal....Maybe they imagined that their new face would better
suit their personality....Or maybe they imagined that their
personality would be forced to change to fit the new appear-
ance....This is why first impressions are often correct...
Although some people might have made mistakes....They may have
arrived at an appearance that bears no relationship to them....
They may have picked an ideal appearance based on some childish
whim, or momentary impulse....Some may have gotten half-way
there, and then changed their minds.
He wonders if he too might have made a similar mistake.

Talking Heads, Remain in light, 1980

Ayer vi en el Plus "True Stories" y recordé ésto. Fue mi música de cabecera.

16 noviembre 2004

1979 - La catedral sumergida


Después de varios infructuosos encuentros con gente poco interesante a la que conozco por anuncios de la Guia del Ocio, llega la primavera del 79. Hago acopio de valor y me decido. Entro por primera vez en el Cine Carretas. La Catedral. He buscado en Google algún comentario, alguna imagen de aquél templo mítico, con escasos resultados. Describirla es todo un reto.

Tras adquirir la entrada a una taquillera que podría ser tu tía Manolita, un acomodador fijo en la empresa desde su fundación te introduce en la sala –la negra panza de un enorme cetáceo- desde su costado izquierdo, según se mira a la pantalla. Te deposita en una butaca de las primeras filas. Lo primero que notas es el olor, mezcla de sudor, semen y ozonopino. Y un ruido constante de pasos, crujidos, jadeos. Poco a poco, tus ojos se van acostrumbrando a la oscuridad, levemente iluminada por la reposición de alguna película S italiana, probablemente algo de Tinto Brass. Imposible concentrarse en la proyección cuando te das cuenta de que una multitud fluye por los pasillos laterales. Te unes a esa corriente, río arriba, aseguras tu cartera en un bolsillo delantero del pantalón y llegas al corredor detrás de la última fila de butacas. Allí la comitiva se estanca en un terreno pantanoso, poblado de criaturas tentaculares. Algunas te acarician con respeto, con mimo educadísimo; otras te avasallan y pellizcan, te reclaman con urgente descaro. Si logras atravesar estas ciénagas, si no te hunden las arenas movedizas del pasillo central, últimas filas, arribarás al pasillo lateral derecho, que desciende suavemente hacia dos puertas mal alumbradas. La primera es la salida a un antiguo vestíbulo, el que da a la calle Espoz y Mina. Allí los visitantes más discretos fuman, charlan y observan el material. La segunda conduce a otro largo corredor que, rodeando el escenario por detrás, desemboca en el pasillo lateral izquierdo, punto de origen de tu odisea. Por aquí se accede también a los baños, donde un nutrido grupo de habituales hace su tertulia, canta coplas, se pelea a gritos, conspira.

Este mundo está habitado por toda suerte de individuos. Aquí el marqués y el arzobispo se mezclan con el lumpen más exquisito; el estudiante progre de tres al cuarto liga al policía de la Dirección General de Seguridad. El probo empleado, el honesto padre de familia echa una canita al aire con un chapero de Melilla. Y el pintor pobre que viene de Málaga. Y el peluquero guapísimo de Azerbaiyán. Y el peletero catalán afincado en Lavapiés. Y el chico de un pueblo de la sierra que acude cada sábado. Y el buscavidas chileno, que huyó de la represión de Pinochet. Y el joven donostiarra, ejecutivo de banca que tu padre ha contratado.

La primera vez que entré, sólo pude soportarlo diez minutos. El miedo y el hedor me sobrepasaron y tuve que salir corriendo, asqueado y fascinado a la vez. Pero luego volví muchas veces y lo digo con orgullo y creo que no pude tener mejor escuela de la vida. Y cada vez que paso por la calle Carretas y observo el luminoso del bingo que ahora ocupa el sagrado suelo de la antigua Catedral, no dejo de sentir un ligero estremecimiento melancólico.

Indigeneces


Recién llegado de Perú. Hermoso país andino repleto de gente encantadora, paisajes incomparables y monumentos admirables. Fusión de genes andinos y españoles en el lenguaje, la pintura, la arquitectura, la gastronomía y la música. Sin embargo, la moda indigenista impera y pretende muchas veces ocultar la herencia europea. Ondea en los edificios públicos la bandera del Arco Iris, pero no significa lo mismo que en Chueca. Es la enseña de los pueblos nativos americanos, desde Alaska a la Tierra de Fuego. Y me parece perfecto que se defienda esa cultura, que indios quechuas y aymaras y demás reivindiquen sus derechos, que salgan de la miseria y de la postración en que muchos viven. Pero por favor, sin mitificar, sin idealizar un pasado muy glorioso pero superadísimo.

Y vuelvo a casa y me doy cuenta de que, también aquí, utilizamos los mitos embellecidos de un pretérito bastante imperfecto como arma arrojadiza contra los enemigos íntimos. Viriato y Don Pelayo vs. Boabdil y Azaña. Villarriba contra Villabajo y los del 3º B contra el 4 ext.dcha.

27 octubre 2004

1978 - La prima volta

En la primavera de 1978 ya no aguanto más. Tengo que ligar como sea y quitarme de encima esa casposa virginidad que me está volviendo loco. En la Guia del Ocio, en la última página, hay una sección de contactos donde a veces aparecen anunciados chicos que buscan chicos. Uno de ellos me hace gracia: "tío de 25 años con mentalidad de 35 y espíritu de 15..." Escribo una carta y luego de mucho pensarlo, la envío. Y el 8 de Julio, después de comer, recibo una llamada mientras veo la versión TVE de "Grandes Esperanzas". Se llama Miguel y quedo con él en la puerta de Alcalá, frente al Retiro. La primera impresión no es muy buena: bastante calvo, algo gordito, aspecto corriente. Vamos a su casa, cerca de Orense, y tras una escueta conversación llena de timidez por ambas partes, pasamos a la cama. Que resulta un poco decepcionante debido a la mutua inexperiencia. Él se empeña en practicar en una sóla sesión todo lo que ha leído en un libro que se puede hacer. Y la cosa resulta demasiado fría. Pero cuando nos despedimos y salgo a la calle estoy eufórico, es como si me hubiera quitado un peso de encima.

Unos días después me vuelve a llamar y quedamos de nuevo en su apartamento. Esta vez estamos más relajados y nos contamos nuestras vidas. Él es de un pueblo de Alicante, tiene 28 años y es un genio de las matemáticas, fanático de la ciencia ficción y del glam rock. Posee super-equipazo de alta fidelidad y una nutrida discoteca, con todo Bowie, Kraftwerk, Eno y muchas más cosas interesantes. En un par de meses dejamos aparte el lado erótico –que no nos satisface a ninguno de los dos- pero reforzamos nuestra amistad, basada en mucho cine serie B, restaurantes chinos e interesantes conversaciones sobre todo lo divino y lo humano.

Un día me cuenta que ha conocido a un chico de San Blas, Luis. Tiene dieciseis o diecisiete años y su primer encuentro ha sido totalmente chusco. De película de Almodóvar, diríamos ahora, pero entonces a Almodóvar sólo le conocían en Telefónica. Parece ser que Miguel escucha una tarde aburrido la radio cuando sacan al aire una llamada. Es Luis, que está enfermo (en realidad convalece de una hepatitis) y se aburre e invita a merendar a cualquier chico que le oiga. Miguel no se lo piensa dos veces y se hace dieciocho paradas de metro. Cuando llega, merienda con Luis y su madre.
Poco después me lo presenta. Luis es delgado, moreno, guapete, pero me cae fatal. Va de moderno y enterado y en realidad me parece ignorante y pretencioso. Quién iba a decirme que luego seríamos inseparables.
Y no escribo más hasta dentro de unos días, que mañana me voy de vacaciones... a Perú.

26 octubre 2004

Juegos de estrategia

Dentro de una semana se celebran las elecciones presidenciales en los EE.UU. y es muy probable que George W. Bush prorrogue cuatro años más su nefasta presidencia. ¿Cómo lo ha conseguido?

La extrema derecha corporativo-religiosa que domina el panorama gringo desde hace un tiiempo ha utilizado técnicas que se remontan a la Alemania nazi. El doctor Goebbels decía que "una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad". Y los neocons han aplicado con éxito esta fórmula. Desde los años ochenta, las grandes corporaciones implicadas en lo que el presidente Eisenhower llamó "el complejo industrial-militar" han venido adquiriendo los principales medios de comunicación de masas, fundamentalmente las grandes cadenas de televisión y de radio. Entonces se inventan mil conspiraciones y se convence a la gente de que un malvado enemigo (Sadam Hussein hace dos años, los bolcheviques, los judíos en la década de 1930) amenaza su seguridad. Cualquier opinion disidente es silenciada o –peor aún- ridiculizada. Cualquier oposición política es descalificada y acusada de cooperación con el enemigo. Cualquier evidencia de que las cosas no son como ellos dicen se atribuye a una confabulación del enemigo. Se exaltan símbolos –la cruz y la bandera- que apelan a los sentimientos primarios de la gente sencilla. Y una vez que tienen a una buena parte de la opinión pública metida en el bote, aplican un programa radical. Dios bendiga a América.

En España, los gobiernos del PP intentaron algo parecido. Durante su primera legislatura en el poder (1996-2000), Aznar y los suyos parecen moderados, no tienen mayoría absoluta en el Congreso y necesitan dar una imagen más centrada. Pero aprovechan para ocupar los consejos de administración de las grandes empresas públicas privatizadas, estimulan un archipiélago de medios de comunicación afines e intentan acorralar a los pocos medios que no controlan. Una vez conseguida la mayoría absoluta en 2000, caen las máscaras. Entonces tenemos enemigos internos (progresistas trasnochados, nacionalistas periféricos = ETA) y externos (los moros, los gabachos, Osama y Sadam). Ninguna crítica es válida si procede de una oposición previamente descalificada como "social-comunista", "separatista" o directamente "terrorista". Y cuando la realidad consigue asomar su feo rostro en los telediarios –Huelga General, Prestige, Yakovlev-, se niega toda evidencia con un "nosotros no hemos sido, ésto no está pasando". Así hasta el 11-M. Desgraciadamente para el PP –y afortunadamente para todos los demás-, los españoles somos unos descreídos. Tendemos genéticamente a desconfiar del Poder y en los momentos de crisis no buscamos un líder porque todos y cada uno de nosotros llevamos un líder dentro.

23 octubre 2004

1975-1978

"Que vivas tiempos interesantes". He leído en algún sitio que esa es la peor maldición que te puede echar un oriental. La verdad es que aquellos fueron años transcendentales para la Historia y muy aburridos para mí. Empecé la carrera de Económicas un mes antes de la muerte de Franco y ese primer trimestre apenas hubo clases. Después de haber vivido la experiencia del instituto, la universidad me reservaba grandes decepciones. El nivel de la gente era penoso, sus únicos intereses parecían ser el fútbol y las partidas de mus en el bar de la facultad. Luego estaba el grupito de los radicales, tan progres tan progres que no se mezclaban con la gente normal. Y los pijos, que ya entonces esquiaban en los Alpes. Los primeros acabaron siendo altos cargos directivos de compañías multinacionales, los segundos se engancharon en la coca y en cosas peores durante los ochenta y ahora viven en la calle.

Todos mis amigos habían elegido otras carreras –filosofía o derecho la mayoría- y se fueron alejando: se echaban novias o salían con los de sus facultades. Así que me quedé bastante sólo y aburrido. Me encerraba en mi habitación tardes enteras para estudiar y lo único que conseguía era divagar. Inventaba logotipos, escribía guiones de películas, fantaseaba historias imposibles.

Todos los días tomaba el tren de cercanías en la estación de Recoletos para llegar a la Autónoma. Con el tiempo, tenía un catálogo de caras conocidas entre mis compañeros de trayecto. Había un chico de mi clase que me parecía muy guapo y que pensaba podía ser ligable. Era muy amigo de otro tipo que parecía el repelente niño Vicente. Una tarde, al regresar a casa en el tren se me dirige el niño Vicente y empezamos a hablar. Muy simpático y tal. Yo encantado con la posibilidad que se me abría de conocer al otro. De repente, sin venir a cuento, Vicentito me suelta: "me gustaría preguntarte una cosa que quizá te moleste". Embargado por la emoción le aseguro que estoy abierto a cualquier cosa. Atención, pregunta: "...Tu, ¿tienes mucha devoción a la Virgen María?". Atónito, contesto con evasivas. Y él me abre su corazón de par en par: "Es que yo soy de la Obra..." Y me invita a unas novenas y a una conferencia en la Bolsa de Madrid. Juro que me lo pensé, tan grande era mi desesperación.

En el verano de 1977 hago mi primer viaje por Europa con mochila y billete inter-rail. París, Bruselas, Amsterdam, Londres y otra vez París. Con JP y Jesús, otro amigo del Ramiro con el que seguía teniendo contacto. Buenos chicos, tan formalitos que con ellos es imposible salirse de las rutas turísticas señaladas. Al volver, ya enfermo en el interminable trayecto Irún-Madrid, descubro que he agarrado el sarampión. Mes y medio de cuarentena que dedico a la lectura de La Montaña Mágica.

22 octubre 2004

COU - 1974-1975

Vuelvo al curso de 1974-75 en el Ramiro. Tenemos en la clase un panel de corcho donde clavamos fotos, avisos, etc... Y un poster a todo color de Lucecita, heroína de una radio-foto-novela de la época, enseñando cacha. Y otro de Pippi Langstrumpf. En mayo, decidimos celebrar el mes de la Virgen y salimos en procesión por los pasillos con el poster de Pippi, cantando el Ave María de Fátima. Un profesor de los más rancios nos descubre y, deteniéndonos, pregunta: ¿Pero esto, lo hacen ustedes por devoción? Contestamos que si. Y se lo cree, o así lo parece. Volvemos a clase cantando en sueco: "Aisen Aisenkin kibidibidi kosaiguenaisen..."

Recibimos la visita estelar del grupo multiétnico Viva la Gente, que actuará en el salón de Actos. Para los ensayos necesitan público y allí estamos todos, unos trescientos energúmenos, gritando y dando palmas. Alguien grita: "¡¡Mueran los yanquis!!" . Y aquello se convierte en una manifestación antiamericana. Los multiétnicos se retiran y somos expulsados al exterior, a la plazuela frente a la entrada principal del Instituto, que preside una estatua ecuestre del Caudillo. Aparecen varios botes de pintura roja, que van a parar a la cabeza del Invicto. Se disuelve la concentración antes de que aparezcan los grises.

Viaje de Fin de COU a Zaragoza, Barcelona y Mallorca. En Zaragoza, después de la visita cultural los del internado se escapan al Tubo a buscar putas. Descubro Barcelona. Una noche en las Ramblas alquilamos sillas a diez céntimos (céntimos de peseta) y nos sentamos a ver pasar la gente, a la altura del Liceo. Es como una película de Fellini: Travestones vestidos de faralaes, fulanas, una manifestación de obreros siderúrgicos, una procesión de la Virgen de Fátima, dos hombres jóvenes, cogidos de la mano, que se besan delante de todo el mundo. Gente de mil colores que contrasta con el Madrid de entonces, gris, pardo, uniforme. Volveré muchas veces.

Mi padre II

Mi padre murió en el verano de 1999, repentinamente y en la soledad de su casa. Yo estaba pasando unos días de vacaciones en Bélgica y me enteré al llegar. Fue incinerado y enterramos la urna en la tumba de mi madre y de mis abuelos maternos. El cura del cementerio rezó un responso, encomendándole a un Dios en el que nunca creyó. El sacerdote, que tenía una lista de nombres de difuntos anotada en un papel, se equivocó varias veces y en lugar del nombre de mi padre, Alfredo, pronunció Alberto o Antonio o Arturo. Así que seguramente el responso no fue válido. Mi padre se hubiera reído.

Mi Padre I

Continúo ahora la narración hablando de alguien importante, sin cuyo concurso mi vda no hubiera sido igual o, directamente, no hubiera sido. Hablo de mi padre. Es curioso, releyendo lo escrito me he dado cuenta de lo mucho que le debo y de lo mucho que en el fondo le admiro –a pesar del odio que en algunos momentos pude sertir por él, de la indiferencia que me inspiraba en los últimos años de su vida.

Mi padre nació en Bilbao en 1925, en el seno de una familia pudiente pero no mucho. Mi abuelo Alfredo, de rancio abolengo vizcaino, sentía pasión por estirpes y blasones y siguiendo la tradición de sus mayores, era carlista. Y un carlista significado, pues trabajaba para el jefe de ese partido en la ciudad menos tradicionalista del País Vasco. Los carlistas o carcas no podían ni ver a los monárquicos alfonsinos, sus antagonistas en las guerras del siglo XIX. Ni a los nacionalistas sabinianos, que habían surgido en torno al 1900 como una escisón del tradicionalismo. Ni a los liberales o guiris, todos masones. Ni mucho menos a los republicanos y socialistas, el diablo con cuernos y rabo. O sea, tenían un montón de amigos. En cuanto a mi abuela, alavesa de una pequeña aldea perdida en la montaña, aparece en las fotos que de ella se conservan como una mujer seria, guapa, de mucho carácter. Apenas conozco nada de ella pues murió cuando mi padre tenía 5 ó 6 años. Sus hermanas –mis tías abuelas Evarista, Gregoria y Carmen- fueron las que criaron a mi padre y a sus hermanos –Pacho y Carmen- en el difícil periodo transcurrido entre el fallecimiento de mi abuela y el final de la Guerra Civil.

Al poco tiempo de empezar aquella contienda, mi abuelo fue detenido y encarcelado por las autoridades del gobierno vasco en un barco-prisión y, pocos días antes de entrar los sublevados en la ciudad, fusilado y abandonado medio muerto debajo de una pila de cadáveres. Milagrosamente rescatado y alcanzada la victoria por los de su bando, se vino a vivir a Madrid, al barrio de Chamberí, donde su antiguo jefe había instalado las oficinas centrales de una empresa metalúrgica en la que le ofreció trabajo. Mi padre comenzó a estudiar en un colegio religioso y pronto empezaron los problemas: Acostumbrado a la libertad que en los años precedentes le habían proporcionado la ausencia del padre y un entorno familiar dominado por mujeres, no podía aceptar fácilmente la retornada autoridad paterna ni la estricta disciplina de los curas. Parece ser que, para colmo de males, sufrió el acoso sexual de algún viejo sacerdote de su colegio, situación que denunció a mi abuelo sin que éste le diera el más mínimo crédito.

Las peleas entre padre e hijo eran continuas y, con diecisiete años, mi padre se alistó en la División Azul. Su plan consistía en llegar al frente de Rusia para poder desertar y pasarse al bando soviético. Desgraciadamente, un amigo de mi abuelo llegó a ver el apellido familiar en las listas de reclutados y aquel viaje a las estepas nunca tuvo lugar. Para gran disgusto de mi padre, que consideró perdida toda esperanza e intentó el suicidio. Sin éxito, pues la cuerda de la que colgaba se rompió con el peso.

En los años posteriores, mi padre tentó a la vida de mil maneras. Siempre deseando huir, estudió para marino mercante, practicó el boxeo, cumplió un larguísimo servicio militar en Segovia, durante el cual contrajo la tuberculosis. Se pudo curar gracias al reciente invento de la penicilina (el doctor Fleming era uno de sus ídolos). Gran lector, gran aficionado a la pintura, devoraba libros adquiridos de tapadillo en las trastiendas de ciertas librerías o pasaba horas abstraído en las salas del Prado. Finalmente estudió perito mercantil y entró a trabajar en un banco. La dura realidad.

En torno a 1950, comoció a mi madre en unos bailes pijo-domingueros que se organizaban entonces en el campo de rugby de la Ciudad Universitaria. Mi madre, que tenía por entonces unos diecinueve años, era la hija menor de siete hermanos en una familia pequeño-burguesa del barrio de Salamanca. Esbelta, femenina, con un tipo espectacular y curiosos rasgos exóticos, llamó poderosamente la atención de mi padre. También ella se fijó en seguida en aquel joven de aspecto elegante, un poco a lo Gary Cooper. Comenzó un largo noviazgo, que sólo acabaría en boda (1957) cuando los hermanos mayores de la novia amenazaron con tomar serias represalias si no se producía en seguida el mencionado enlace. Y es que mi padre no creía en el matrimonio. La consecuencia –aparte de mi nacimiento, un año después, y del de mi hermana en 1964- fue una penosa convivencia de dos personas que se habían querido cuando eran libres.

Mi padre vivía amargado por su sometimiento a las reglas sociales, por unos hijos que nunca deseó (al menos en mi caso, como me confesaría en cierta ocasión), por una mujer que le ataba a una existencia muy alejada de aquella vida aventurera que había soñado en su adolescencia. Mi madre, que hubiera sido feliz junto a un hombre más convencional, perdió enseguida la frívola alegría de sus primeros años. Poco después de mi nacimiento, padeció una grave y rara enfermedad, acromegalia. Originada por un tumor en la hipófisis, produce un anormal crecimiento de manos y pies, modifica las facciones de la cara y, si no es tratada, conduce a la muerte. Afortunadamente, recibió un novedoso tratamiento de radioterapia –en aquella época muy peligroso por poco experimentado- que detuvo la expansión del tumor.

El hecho es que durante esa enfermedad, su tratamiento y su convalecencia, pasé a vivir con mi abuela materna y mis tías solteras, que me convirtieron en un niño monstruosamente mimado e hiperprotegido.

Vuelvo a centrarme en mi padre: Durante los años cincuenta, había desarrollado una cierta actividad subversiva. Simpatizante -si no miembro de pleno derecho- del partido comunista, se significaba en la subterránea oposición sindicalista al régimen de Franco, participando por ejemplo en la preparación de la fracasada Huelga General Revolucionaria de 1954. La invasión soviética de Hungría en 1956 y las purgas producidas en el partido en aquellas fechas le alejaron, sin embargo, de la disciplina estalinista. A partir de entonces, si bien seguía próximo al movimiento sindical de izquierdas, no lo hacía desde una posición de militancia.

En 1964, con motivo de la celebración de los XXV años de paz, el Invicto Caudillo decidió organizar un referéndum –en teoría para aprobar una de sus Leyes Fundamentales, en la práctica para dotar al Régimen de una cierta apariencia pseudodemocrática. Por supuesto, la única propaganda permitida era la que solicitaba el SI en aquella consulta. Un día, jugando en el vestíbulo de casa, se me cayó al suelo un jarrón. No se rompió, pero del interior surgieron panfletos y octavillas que pedian rotundamente el NO. Yo tenía cinco o seis años, pero ya me daba cuenta de que aquello era un poco irregular (Lola Flores y Raphael decían en la tele que había que votar SI).

Los amigos "rojos" de mi padre nos visitaban con cierta frecuencia. Recuerdo uno que me parecía guapísimo, supermoderno, y que le había regalado a mi padre una insignia –de las que se ponen en el ojal de la americana- con el símbolo de la paz (make love, not war). Era la época de la guerra de Vietnam y mi padre estaba radicalmente en contra de los yanquis. Compraba revistas francesas (Paris Match, de cuyas páginas me traducía algunos comics) y discos de rock en inglés.

Pero durante las Navidades de 1967 tuvo lugar un extraño suceso: Mi padre desapareció. Una tarde no regresó a casa. Yo veía en la tele "Ultimátum a la Tierra" y esperaba a mi padre para preguntarle cosas sobre la película. Pero no llegó esa noche, ni la siguiente. Recuerdo a mi madre asustada, llorando, telefoneando a unos y a otros e intentando localizarle. Finalmente apareció, un par de días después: estaba enfermo o al menos esa fue la explicación oficial de mi madre, que me mantuvo siempre al margen de lo que había pasado. Permaneció encerrado durante días en el dormitorio y al reaparecer, había experimentado algunos cambios.

Para empezar, había dejado de hablar con sus amigos. Que en algunos casos se convirtieron en enemigos. Luego empezaron las llamadas telefónicas amenazantes: no me dejaban contestar al teléfono. Un día, volvía del colegio cuando se me acercó un individuo: Aparentemente simpático, sabía quien era yo y quien era mi padre. Lo conté en casa y durante una temporada tuve que ser escoltado a cierta distancia por mi madre o alguna de mis tías. Por último, mi padre compró una pistola de aire comprimido, de perdigones, y los domingos hacíamos excursiones a la sierra y me enseñaba a disparar sobre una diana.

Durante el siguiente verano tuvo lugar la invasión de Checoslovaquia por fuerzas del Pacto de Varsovia, que terminaron de manera abrupta con el experimento liberalizador de Dubcek. Por primera vez, mi padre hablaba mal de los rusos. Pero la cosa no terminaba ahí: Ahora, los buenos eran los americanos, que llegaban a la Luna en 1969 contra los antiguos pronósticos paternos –siempre había dicho que serían los soviéticos lo primeros en alcanzar el satélite. Y Franco no era tan malo. Y se presentaba en las elecciones a consejero sindical –los consejos de administración en esa época contaban con representantes de los trabajadores- y las ganaba con las bendiciones de la empresa.

Unos años más tarde, mi padre nos propone una divertida excursión cultural a Toledo, en compañía de un amigo suyo. El individuo en cuestión era un fanático fascista de la peor calaña y el motivo del viaje, asistir a un homenaje al fundador de Falange Auténtica, un discípulo de Jose Antonio que cayó en desgracia ante el franquismo por sus opiniones demasiado radicales. Sufro un ataque de histeria y salgo del restaurante llorando de rabia y de odio contenido.

En el otoño de 1975, Franco ordenaba sus últimos fusilamientos. Arreciaba una campaña internacional en contra del Régimen y Marruecos organizaba su Marcha Verde sobre el Sahara. Como en ocasiones similares, el gobierno de Arias Navarro organiza una megamanifestación de adhesión al Caudillo en la Plaza de Oriente. Y allí en medio estoy yo, con mis padres y mi primo Rafa. Me mareo, siento naúseas y abandonamos la concentración ante la inminente vomitona.

Durante la transición a la democracia, mi padre se suscribe a la revista Fuerza Nueva. Fraga y los chicos de Alianza Popular le parecen demasiado tibios. Y la tarde del 23 de febrero de 1981, mi padre exclama al llegar a casa: "¡Al fin!..."

Unos meses después y ante nuevos rumores de sables, el gobierno de UCD convoca a los ciudadanos a mostrar en sus balcones una bandera con la frase "viva la Constitución". Mi hermana adolescente sale de compras con sus amigas, prepara la enseña patria con letras autoadhesivas y la coloca en la ventana de su cuarto, que da a la calle. A la mañana siguiente, mi padre baja a comprar tabaco, investiga los balcones y ventanas de la vecindad y... descubre la traición en su propia casa. La bronca a mi hermana es tremenda, pero peor es la que me espera a mi cuando regreso, ya de noche. ¡¡La culpa la tienes tu, que compras El País y envenenas a tu hermana con esas ideas!!

¿Cómo y porqué se había producido esta metamorfosis? Nunca lo sabré. Supongo que cuando se tienen ideas radicales y –por la circunstacia que sea- se abandonan, es más facil adoptar las ideas radicales opuestas, pues ambas funcionan como esquemas simplificadores de una realidad demasiado compleja para ser asumida.

18 octubre 2004

Debates

Cena de cumpleaños en casa de unos amigos. Cuatro antiguos compañeros de trabajo, sus parejas y N, amigo íntimo del matrimonio que ofrece el convite. Al comenzar los aperitivos, N pronuncia la palabra mágica: Zapatero. Nuestra anfitriona y cocinera, que ha preparado ricas viandas, ruega por favor que evitemos ese tema de conversación. Pero N insiste, picando, y rápidamente saltan 3 comensales a la greña política. Me callo por prudencia y por respeto a quienes me han invitado. Hasta que se aborda el tema del matrimonio homosexual y adopciones. Entonces, también yo levanto la voz. En unos minutos, somos nueve personas exaltadas dando gritos y profiriendo tópicos que responden a otros tópicos.

Habitual jornada de trabajo en la oficina. Tres mujeres de edad mediana y un servidor. De fondo, el sonido carraspeante de un transistor, pero no es Simplemente María. Es la Cope. Debe de estar hablando algún miembro del gobierno socialista porque de repente se elevan las voces sincronizadas de mis compañeras –como tres coléricas arpías- insultando al orador y repitiendo la consigna diaria que les marca "La Razón". Me callo.

¿Hemos perdido la cordura? ¿Somos tan incapaces de mantener una conversación civilizada razonando con argumentos nuestras posturas? ¿No es posible llegar a convencer al otro mediante la inteligencia y la razón? Pues no, porque hemos asimilado el estilo Tómbola en nuestras vidas cotidianas: El que más alto grita es el que dice la última palabra.

14 octubre 2004

Rocco y sus hermanos


Y no me refiero a la película de Visconti con Alain Delon como protagonista... Sino más bien al democristiano Rocco Buttiglione (Rocco Botellón), propuesto como comisario europeo de Justicia, Libertad y Seguridad en la ejecutiva comunitaria de Durao Barroso.

Afirma este señor que los homosexuales somos pecadores con derecho a según qué cosas, y que el papel de la mujer en la sociedad moderna es parir hijos y criarlos, en casa y con la pata quebrada, bien protegidas por el macho dominante. Lo que me sorprende del caso Rocco no son sus opiniones –después de todo estamos acostumbrados a soportar contínuamente estas estupideces en nuestro entorno cotidiano-, sino el alegre descaro con que las manifiesta en un determinado contexto: las instituciones europeas, tan pulcras ellas.

Durante muchos años, era inconcebible escuchar desde tan altas cátedras declaraciones tan inequívocamente machistas y homófobas. Seguramente muchos euro-altos-funcionarios han tenido y tienen estos mismos prejuicios. Pero nunca se hubieran atrevido a confesarlos en una rueda de prensa. Y menos cuando está en juego su próximo ascenso a un puesto tan relevante y bien remunerado.

Desde mediados de los ochenta, venimos asistiendo a un proceso de vampirización de los partidos de centro-derecha por ideólogos de la línea dura. La extrema derecha se ha desintegrado y ha sido asimilada por las "democracias cristianas" o "populares" o "conservadores" o "republicanos" del mundo entero. Que han absorbido genuinos genes fascistas, mutando en organizaciones bastante agresivas. Y peligrosas.

05 octubre 2004

... Y sigue...

Comenzaba el nuevo curso (1974-75) y debía hacer una elección: Había 10 grupos distintos de COU según contuvieran asignaturas enfocadas a una u otra carrera universitaria. Yo no tenía nada claro este punto. Desde años atrás me gustaban la arquitectura y el mundo audiovisual, pero mi padre, que sufría una intensa vocación por la banca a raíz de su experiencia laboral, me aconsejaba Económicas, una carrera "con muchas salidas" y con "matemáticas sencillitas". Las mates, en efecto, se me daban fatal, grave defecto a la hora de estudiar un carrerón como Arquitectura. Lo del cine y la tele parecía un reducto para locos bohemios o enchufados de TVE. Así que tomé una decisión: Aplazaría cualquier decisión durante un año más, apuntándome ese curso en el COU más ambiguo, con asignaturas de Economía, Filosofía, Sociología e Historia Contemporánea. A largo plazo aquello fue un desastre, pues acabaría en la facultad de Ciencias Económicas sin saber lo que era una derivada. Pero ese curso de COU figura en mi recuerdo con letras doradas.

El caso es que en aquella clase nos habíamos juntado los elementos más infrecuentes del instituto. Había de todo: Desde el hijo pijísimo de un diplomático hasta un chico de clase obrera con carnet de la Joven Guardia Roja, pasando por el moderno bilingüe que había estado en Londres y había visto Jesucristo Superstar (el musical). Ya conocía a algunos de ellos, pero el verdadero descubrimiento sería un individuo que venía a clase en mi autobús. Alto, atlético, de extraños rasgos orientales –que no sé de dónde procedían, porque se apellidaba Pérez- era un tipo encantador con el que desde un primer momento conecté. Pertenecía a una familia numerosa de clase media y su padre era profesor universitario. Le encantaban el cine y la literatura. Para mi forma de pensar de aquel entonces, tenía dos defectos:

1.- Era rojo, muy rojo, comunista perdido; Yo, por el contrario, me debatía entre una tradición familiar claramente franquista y mis propias apreciaciones, como homosexual consciente que rechazaba los aspectos represores del Régimen y buscaba en el liberalismo una personal tabla de salvación. Y además estaba el misterioso pasado de mi padre como miembro del Partido en la clandestinidad de los años 50. Ya lo contaré más adelante.

2.- Era hétero, muy hétero, machirulo perdido. Se le caía la baba cuando miraba a las tías por la calle. Era puro sexo, pero no había nada que hacer con él.

Sin embargo, todo esto le confería un mayor atractivo. Fuimos amigos desde el primer día de clase y todavía hoy tengo contacto. Como nuestras casas no quedaban lejos una de la otra, todos los días volvíamos andando desde el instituto, con eternas discusiones sobre cualquier tema. Me convertí en un experto discutidor, hasta el punto de que podría ganarme la vida como tertuliano de la radio.

Tenía otros amigos. El más importante por su influencia en años posteriores sería sin duda JP. Bajito, reservado, inteligente, guapete, provenía de una familia extrañamente anticuada. Su padre, inválido, trabajaba en la ONCE y su madre era como una estampita de los años 40. JP hablaba a veces como una radionovela e imitaba con gran fidelidad a los locutores del No-Do: "...A continuación, el ministro y sus acompañantes pasaron al interior del recinto ferial, donde fueron cumplimentados por altas personalidades provinciales y locales..." Amaba el cine y fue con él con quien recuerdo haber visto casi todos los estrenos de aquella época.

04 octubre 2004

,,,Y sigue...

Para llegar al Ramiro, cogía todos los días el autobús Circular en la parada de la calle Narváez. Eran autobuses azules, con tres puertas: te subías por la parte de atrás, donde había una plataforma sin asientos donde se apretujaba la gente mientras se hacía sitio en la zona delantera. Entonces pagabas al cobrador –cuya garita separaba la plataforma de la zona de asientos- y adelantabas poco a poco. Pillar un asiento era casí imposible y para cuando llegabas al centro ya estabas en tu parada de destino. El caso es que en alguno de aquellos tumultos un chico de mi edad había aprovechado para meterme mano al paquete. Aquello me había excitado muchísimo y desde entonces esperaba con ansiedad que volviéramos a coincidir en el mismo autobús para colocarme a su lado y magrear, cosa que ocurría con escasa frecuencia. Cuando eso sucedía, al bajarme en Joaquín Costa, frente al edificio del No-Do, él seguía en el autobús. Creo que estudiaba en el colegio Maravillas, porque era el más importante de los situados a poca distancia en aquella dirección. Soñaba con reunir el valor suficiente para hablarle, para poner en palabras aquello que sólo con las manos tontas podíamos expresar. Pero era muy cobarde.
Terminó el curso (mayo de 1974) y me presenté a la reválida de sexto. Aquél año había dejado de ser obligatoria, pero decían que subía nota para el nuevo examen de selectividad. Obtuve notas mediocres en las asignaturas de ciencias, pero bastante brillantes en asignaturas comunes: Historia, Lengua, Literatura...
Fue un verano aburrido, con la única novedad de haber pasado unos desastrosos días de vacaciones con mis padres en Segur de Calafell, provincia de Tarragona. Hicimos una excursión a Barcelona, que yo no conocía y que mi madre detestaba por la escasez de cafeterías. Ella era fanática de California 47 y le daba algo si a media tarde no se tomaba un café con leche y un bollo. Recuerdo que aquella vez entramos a un local bastante aparente del Paseo de Gracia y preguntó qué tenían de bollería. La camarera le dio varias opciones: croissant, brioche... Mi madre pidió brioche, relamiéndose de gusto al pensar en la rica porción de esponjosidad con pasas a la que estaba acostumbrada en Madrid. Cuando le pusieron delante un suizo, le cambió el color. Reclamó a la camarera el brioche que había pedido. La pobre chica no entendía nada, ella le había puesto un brioche...
¡Esto es un suizo! –bramaba mi madre.
¡un suizo es un helado con café! –le contestaba la otra
¡Eso es un blanco y negro! –mi madre
¡Un blanco y negro es un entrepá de longaniza –la camarera
Por primera vez en mi vida fui consciente de la rica diversidad cultural de las Españas...

03 octubre 2004

Continúa...

La dirección espiritual del Ramiro corría a cargo del padre Mindán "el Cuervo", viejo sacerdote opusdeísta, astuto pero poco conectado con la realidad. Cada pocos meses nos programaba la visita de algún grupo integrista especializado en adoctrinar a los jóvenes educandos. En cierta ocasión se presentaron en mi clase unos curitas misioneros. Empezaron proyectando filminas de jirafas en África pero pronto se centraron en su verdadero objetivo: mostrarnos la cruda realidad Kodakolor de las enfermedades venéreas en estado avanzado. Cuando ya estábamos a punto de echar la pota, apagaron el proyector y despacharon su discurso: Para mi sorpresa, no tenía nada que ver con la sífilis, sino con la masturbación, ese feo vicio que debilita las meninges provocando terribles enfermedades, la ceguera y en ocasiones la muerte. Naturalmente, la reacción de la clase fue de puro cachondeo: Todos estábamos ciegos.

Y yo más ciego que ninguno, seguía salidísimo y sin ninguna oportunidad de encontrar un primer amor, con lo bonito que hubiera sido. No es que yo fuera un Adonis, pero era guapito de cara, había crecido mucho –un poco demasiado- y ya no era el niño gordito de los catorce años. Y sexo en el instituto había a puñados, siempre de tapadillo pero bastante explosivo. Pero yo seguía en la inopia, evitando cualquier situación que pudiera poner en entredicho mi buena fama. Cada vez que estaba a punto de lanzarme a la orgía, siempre surgía algún pequeño escándalo que evidenciaba el peligro de ser descubierto in fraganti como maricón vocacional.
Porque a esas edades, en colegios e institutos que raramente eran mixtos, sin apenas contacto con el sexo opuesto y con mucha tensión hormonal en el ambiente, los juegos eróticos eventuales entre chicos eran muy frecuentes. Pero si te descubrían... estabas perdido, estigmatizado para siempre jamás.

Por lo demás, las clases de Religión eran bastante light. Las daba un cura progre, de los de jersey gris de ochos con cuello vuelto y cremallera. Con más pluma que el sombrero de María Jiménez, intentaba reconducir nuestra catequesis en el sentido de la ultimísima moda vaticana. La consigna, el lema repetido una y otra vez era "Dios es Amor". A buenas horas. O sea, que desde nuestra más tierna infancia se nos había intentado transmitir el temor a un Dios justiciero y vengativo, Señor de los Ejércitos, que premiaba a los buenos y castigaba (con terribles tormentos) a los malos... ¿Y ahora nos venían con esa mariconada del Amor? No colaba.

Continúa...


Me matriculé para el siguiente curso en el Instituto Nacional Ramiro de Maeztu. Mis padres estaban encantados con el cambio pues el Ramiro gozaba de gran prestigio y era casi gratuito. Debo aclarar que no éramos precisamente ricos. Aquel verano cumplí quince años y fue el último que pasé con mi familia en Gandía. Me hartaba de mirar cuerpos en la playa, pero mi legendaria timidez y falta de recursos para el ligue hacía imposible todo contacto físico o tan siquiera verbal con otros chicos. Al empezar el nuevo curso 1973-74 yo estaba salido como una mona, mis hormonas en plena ebullición, había intensa afloración de espinillas y gran gasto en Clearasil.
El Ramiro era un lujo oriental en comparación con el colegio. Con ocho o diez clases por curso, salón de actos con cine-club, polideportivos varios, profesores competentes –muchos de ellos jóvenes- y un alumnado muy distinto al que yo conocía hasta entonces. La mayoría de mis compañeros eran chicos brillantes de familias de clase media y obrera.
Una mañana, pocos días antes del comienzo de las vacaciones de Navidad, la señora Echeveste, profesora de inglés, llegó alteradísima: habían asesinado a Carrero Blanco al salir de misa en los jesuítas de Serrano, a escasa distancia del instituto. Inmediátamente se desató un debate político que jamás hubiera imaginado en el colegio. La ideología oficial del Ramiro era la del franquismo, pero soterrádamente fluían las aguas de la Institución Libre de Enseñanza, que había ocupado aquellos terrenos antes de la guerra y en la que habían estudiado algunos de los profesores más antiguos.
Al principio, la relación con mis compañeros era casi nula. Estudiaba como un bestia, pero el nivel académico era muy alto y yo no tenía la preparación necesaria de cursos anteriores. En los primeros exámenes obtuve sendos suspensos en matemáticas y en física. Pero me encantaban las asignaturas de Literatura e Historia del Arte. En esto influía poderosamente la personalidad de los profesores que las impartían. La señora Blanco, de Literatura, era una mujerona joven, algo entradita en carnes pero atractiva, que amaba su profesión y te transmitía el gusto por la lectura, relatándote las grandes obras como si fueran películas. Además, disfutaba cotilleando la vida privada de sus autores. Adoraba la literatura mariquita de todos los tiempos y ella misma era lo que ahora se llamaría una fag-hag o mariliendres. Creo que me enamoré –platónicamente- de ella el día que nos habló de la muy probable homosexualidad de Shakespeare.
Mi otro amor, no tan platónico pero sin correspondencia posible, era el profesor de Historia del Arte. Joven, atlético, elegante sin corbata en sus americanas de tweed, nos daba clase en una sala de reuniones con proyector de diapositivas. En penumbra, su voz masculina y aterciopelada nos describía curvas praxitélicas y catedrales góticas, los azules de Fra Angélico, los rosados de Piero Della Francesca. Cuando aún no había terminado el curso nos abandonó para trabajar en un banco. Jamás se lo perdonaré, ni a él ni a la banca.
El caso es que algunos pequeños éxitos intelectuales en estas materias me proporcionaron una cierta aureola de chico culto, discreto y liberal. Esa incipiente e inesperada popularidad me proporcionó la compañía de un selecto grupo de amiguetes, gente bastante peculiar que disfrutaba más con interminables –a veces surrealistas- discusiones sobre filosofía o política que con las cosas que normalmente interesaban a los mortales de nuestra edad (tetas y fútbol). En los recreos nos sentábamos alrededor de las canchas de baloncesto, mirando a los hermosos adolescentes que exhibían sus torsos desnudos al sol de invierno. O dábamos paseos hasta la contigua Residencia de Estudiantes, evocando los fantasmas de Buñuel, Lorca y Dalí que aún deambulaban entre las rosaledas.

02 octubre 2004

Sigue aquí el relato de mis años mozos

En aquella época no había internet. Si se lo contabas a tus padres, lo mejor que podía pasar era que te enviasen al psiquiatra; y no podía confiar en ningún amigo porque lo más probable era que me dejara de hablar (peligro de contaminación). Por supuesto nunca se me ocurrió acudir al famoso confesor de los kostkitas, era notoria su inclinación por los imberbes y yo no estaba por ESA labor. Así que me sumergí en la lectura: en el fondo de un armario de casa se escondía la otra biblioteca de mi padre. Mucho libro "rojo" (Miguel Hernández, Jean Paul Sartre, Neruda...) y alguno "rosa" (Henry Miller, Sade, una novelita erótica hippie llamada "Candy" a imitación del Cándido de Voltaire, el Satiricón de Petronio, con su intenso recorrido por toda la geografía del sexo greco-latino). Entre estos últimos había una joya: "Psicología del Erotismo", escrita por autores americanos de la corriente más liberal. De un modo bastante didáctico deshacían en pedazos 4.000 años de tópicos represivos judeo-cristianos. La masturbación era sanísima y las conductas homosexuales y bisexuales, lo más normal del mundo. Lo verdaderamente malo era la inhibición de tus instintos eróticos.
Luego estaba confirmado, el error no estaba en mis gustos sino en la doctrina moral de la Iglesia. A partir de esas lecturas, mi fé se derrumbó y con ella, mi dedicación a los estudios. Seguía oficiando de monaguillo en la misa de los miércoles, asistía como siempre a la misa de los viernes en Maldonado 1, acompañaba a mi madre a la misa dominical, pero empecé a aborrecer todo aquello. Para colmo, ese año, mi odiado profesor de Gimnasia, un chulito falangista con bigote leather y gafas Ray-Ban, asumió también la clase de FEN, Formación del Espíritu Nacional. Rodeado de sus cachitas favoritos, se complacía en atormentar sádicamente a los que, por torpeza, constitución física o falta de entrenamiento, no lográbamos saltar el potro ni subir diez metros de cuerda. Odiaba al colegio, odiaba a los profesores y a mis compañeros, era injusto que un genio como yo tuviera que soportar tanta estupidez, tanta vejación. Mis notas empezaron a caer en picado, para sorpresa y desconsuelo familiar.
Entretanto, la situación de indisciplina en el colegio se hacía evidente día a día. Los castigos físicos y psicológicos que hasta entonces habían funcionado para mantener el orden ya no eran efectivos, porque a ver quien era el guapo de los profesores que se enfrentaba con unos maromos de uno noventa cuyos padres habían soltado una pasta gansa para que aprobaran a sus niños. Recuerdo un episodio especialmente chusco: Una tarde el profesor de Dibujo Técnico, un simpático y atolondrado anciano, tuvo que salir por patas del aula ante la avalancha de papeles, tizas y escupitajos arrojados sobre su persona. Al rato, se presentaron las fuerzas vivas: Don Javier, profesor de Latín y Griego - el doctor Goebbels de aquella santa casa, sádico, inteligente, amarillento de bilis y nicotina-, y el Führer en persona, Don Benito, propietario y director del colegio. Ante aquella aparición estelar, el alumnado se tranquilizó un poco y Don Benito aprovechó para soltar su discurso. Con el furor de un Moisés bajando del Sinaí, nos habló de la total carencia de valores en los chicos de nuestra generación. Con un estilo muy Kipling, nos informó de que Si... no cambiábamos de actitud ante la vida, seríamos siempre unas nenazas. Hasta ahí tenía cierta razón. Pero lo fundamental para él era la longitud de nuestros cabellos, origen de todos los vicios juveniles. Y nos reprochaba un excesivo interés por la ropa de moda. Al fin y al cabo, él había luchado en la batalla del Ebro, a veinte grados bajo cero, con la única protección de una camiseta de felpa. Así pues, el ejemplo a seguir era el de una generación de machos de verdad –mitad monjes, mitad soldados- que mataba rojos por los descampados en camiseta. Era patético.
Tras informar de éste y otros episodios parecidos en mi casa, y ante la preocupación de mis padres por el declive de mi rendimiento escolar, decidieron cambiarme de colegio.