30 noviembre 2006

China – Diario de viaje – Beijing (y II)


09/11/2006

A las 8:20 h. nos recogen en el vestíbulo del hotel: Hemos contratado una excursión a las tumbas Ming y a la Gran Muralla. En el minibús, semejante al de Xi’an, una pareja de franceses, una señora australiana que viene de Praga, un chino que no habla inglés (sospechamos que es un espía del gobierno), un matrimonio de Siria y unos colombianos, ella china de Bogotá. Atravesamos avenidas y autopistas, interminables barrios del Pilar. Por fin salimos al campo y llegamos a la tumba de uno de los Ming. No sabría decir de cual, porque está atestado de gente y no me llego a enterar. Hay un gran templo convertido en museo, con algunas piezas interesantes y una gran estatua del emperador en cuestión. Detrás, un mausoleo y el montículo donde estaba enterrado el emperador. La guía nos cuenta que en realidad no hay ningún emperador allí, ya que durante la Revolución Cultural lo desenterraron y partieron en pedacitos (prefiero ignorar el propósito del troceado). Autobús y parada en la primera tienda del rosario de visitas comerciales: La excursión está programada de forma más sutil que en Xi’an. Aquí, la guía es discreta y las tiendas tienen siempre un pretexto cultural. Ahora, por ejemplo, se trata de conocer la artesanía del jade y su importancia simbólica en la cultura china. Autobús y parada en tienda temática del jarrón de esmalte. El piso de arriba es un restaurante y allí comemos, bastante bien por cierto. Durante la comida, Alfonso introduce el tema de Irak como tema de conversación, con una pregunta directa al sirio. Éste parece un hombre sensato, confía en que el triunfo de los demócratas en las elecciones estadounidenses contribuya a mejorar las cosas en Oriente Medio. Todo el mundo está de acuerdo y se alegra del resultado electoral, sobre todo la señora australiana. Terminamos de comer y, a eso de las dos de la tarde, llegamos a la Gran Muralla. El tramo que visitamos es de muro alto y estrecho, con ramificaciones que ascienden empinadas por las montañas. Paisaje serrano y pelado, tipo Guadarrama. Subimos un trecho bastante largo hasta uno de los fortines, colgado en lo alto. Gran vista panorámica. Subir es agotador, pero bajar me produce un vértigo tremendo y calambres en las piernas. Me quejo y Alfonso me señala el ejemplo de varios ancianos anglosajones que trepan el monte sin problemas. Allá ellos. Al llegar al poblado turístico de abajo, tomamos un refresco de té y aparecen los colombianos, muy simpáticos, charlamos un rato con ellos. Autobús. Autopistas. Suburbios. Atravesamos un bosque de grúas y estructuras gigantes en construcción: Es la futura Villa Olímpica, con algunos edificios sorprendentes. El autobús se detiene y pensamos que nos van a enseñar alguna turistada olímpica. Pero no: Es otra tienda temática, el Museo de la Seda. Nos enseñan el proceso de fabricación de un edredón de seda y nos sueltan en las Sederías Carretas de Oriente. Por fin anochece y a las seis de la tarde nos depositan en el hotel. Metro –dos estaciones- para ver una calle especializada en tiendas de antigüedades y objetos artísticos. Cuando llegamos está todo cerrado, así que retrocedemos hasta el restaurante Quanjude Roast Duck. Son cinco pisos de restaurante, el coloso de la hostelería china. Las jefas de sala van ataviadas con suntuosas sedas rojas y dirigen un ejército de camareros y pinches hieráticos. Se podrían contar miles de comensales en mesas de ocho, diez o veinte personas. Aunque estemos en Pekín y no en Taipei, todo recuerda a las primeras películas de Ang Lee –“El banquete de boda”, “Comer, beber, amar”. Pedimos el menú estándar para dos personas: Entrantes a base de pepinillos y otros encurtidos, pato laqueado en sabrosos rollitos, langostinos con cacahuetes y salsa picante, unas verduras muy ricas, hervidas en su jugo y ligeramente crujientes, sopa de aleta de tiburón (buenísima, un descubrimiento). De postre, una taza de ligero caldo de pato y un plato de fruta preparada con sandía, melón y naranja. Regresamos andando al hotel, para bajar la cena.

10/11/2006

Me despierto de madrugada, con mi pesadilla recurrente: vagabundeo por el antiguo edificio del banco en Canalejas en busca del Paraiso Perdido, mi acogedor despachito de la quinta planta. Son ya dos años de exilio, pero mi subconsciente rebelde sigue sin asumirlo. A las siete nos levantamos, tomamos un café y un bollo y nos metemos al metro para llegar al Templo del Lama. El metro de Pekín es modesto, sólo tres líneas y media (están construyendo unas 15 líneas más para las olimpiadas), pero parece ordenado y eficiente. Es hora punta y los vagones van atestados de gente camino del trabajo. Hay un señor con una bicicleta plegable debajo del brazo que molesta bastante. De pronto, en medio del túnel, escuchamos unos gritos. Son el de la bicicleta y un hombre más joven. Se increpan, se enseñan los dientes como dos gatos furiosos defendiendo su territorio. Entonces se callan, pero en la siguiente estación se bajan los dos y mientras se cierran las puertas del vagón, vemos como se agarran y empiezan a luchar con puños y pies. El tren arranca y nos perdemos el desenlace. Desagradable. Salimos a la superficie, hace frío y está nublado por primera vez desde que llegamos a China. El templo es interesante, pero estoy de mal humor y me produce un efecto deprimente, ese yuyu especial que siento en los lugares de culto donde se respira una verdadera devoción. Un ligero aroma a fanatismo impregna la escena. Alfonso lee en la guía que los lamas llegaron a hacer aquí sacrificios humanos. Mira que bien. Hay un Buda enorme, como una casa de cuatro pisos, pero no dejan hacer fotos. Al salir del templo, cotilleamos las tiendas de souvenirs en busca de algún sitio para tomar un café. Andando por la acera, se me acerca un viejo desdentado y sin mediar palabra me lanza su zarpa directamente al paquete. Hago un movimiento evasivo y evito el golpe, pero me llevo un susto de muerte. Olvidamos el café y tomamos un taxi para ir al palacio imperial de verano. Son un montón de kilómetros a través de autopistas intraurbanas, tipo M30. Llegamos, sacamos tickets y audioguía y entramos. Al principio es un poco decepcionante, más de lo mismo, muchos chinos en grupos con gorritas. Pero pronto sale el sol y vamos entrando en materia. Tomamos un Nescafé y unos ricos dim sum de cerdo en un pequeño bar junto al embarcadero de la emperatriz Cixi. Se pronuncia algo así como Chushi. Menuda pájara. Ella es la prueba evidente de que la maldad suele venir asociada a la estulticia. Parece ser que, en torno al 1900, alguien le regaló un automóvil, un primitivo Benz que se exhibe en uno de los pabellones del palacio. Encantada del regalo, se subió al asiento trasero del vehículo para dar un paseo. Pero entonces se dio cuenta de que el conductor se sentaba a su misma altura, montó en cólera ante tamaña ofensa y le ordenó conducir de rodillas. Naturalmente el pobre chófer no pudo hacerlo, así que el famoso coche no se llegó nunca a utilizar. Después de contemplar el Jardín de Ver Llegar la Primavera, cruzamos el lago en una barquita turística, compramos algunos souvenirs y paseamos por agradables jardines. Hay una galería larguísima de madera pintada primorosamente, una pagoda y un precioso templo budista en lo alto de la montaña de la Longevidad y un mercado en la ribera de un canal, construído en su día para el exclusivo entretenimiento de las concubinas imperiales. Terminamos el recorrido con un espectáculo de ópera china en el pabellón musical de Cixi. Cuando salimos del recinto son las tres de la tarde y tenemos hambre, así que nos metemos a un McDonnald’s. Recuperamos fuerzas y cogemos un taxi hasta el hotel. Dejamos hechas las maletas y salimos a cenar a la zona de Wangfujing. Antes de entrar al restaurante investigamos una especie de tienda de delikatessen muy grande. Alfonso quiere comprar alguna chuchería para sus compañeros del trabajo y aquí hay de todo: Licores, tés, ginseng, encurtidos, jamones de Yunnan, chorizos de yak... y sobre todo, frutas de Aragón, miles de frutas de Aragón de todos los colores, olores y sabores. Acaba comprando algo bastante parecido a los polvorones (de la Estepa, supongo, jaja). Cenamos en un lujoso restaurante de varios pisos con camareras enfundadas en cruel seda roja. Pato laqueado y cerveza JiangYing. Fin del viaje, porque lo que sigue es un interminable recorrido de aviones y aeropuertos, sobrevolando Novosibirsk y Helsinki hasta llegar a nuestro bienamado Madrid, el sumatorio de todos.


7 comentarios:

jm dijo...

precioso viaje, cab*ones afortunados, precioso viaje.

Senses & Nonsenses dijo...

un señor viaje y una excelente crónica.
un abrazo.

Alfredo dijo...

Tranquilos, que ya s'acabao el ladrillo!

El Castor dijo...

Muy interesante relato de viaje. La verdad es que no me atrae este destino pero, como bien has dicho, hay paisajes y lugares concretos que merecen la pena. Una pareja de amigos estuvo allí todo el mes de julio y además alojándose en residencias con habitaciones compartidas, con camas múltiples... !Qué horror! A cierta edad eso me parece un horror. Al menos vosotros elegísteis bien a cuanto a duración del viaje y hoteles. Otra cosa es los McDonalds y similares que no entiendo tan bien. Un cordial saludo.

Alfredo dijo...

Estamos de acuerdo, Castor, en lo referente a hoteles: bastante sufrida es la vida del turista como para tener que alojarte en cualquier antro. Yo viajo a tutiplén o no viajo. El tema de los McDonalds tiene su lógica: cuando llevas una semana comiendo cosas que no sabes bien si son animal, vegetal o mineral, ves un McDonalds o un Pizza Hut y te parece comida casera.

El Castor dijo...

Sí, para los jóvenes está bien pero a una cierta edad necesitas un mínimo de comodidad en el alojamiento (no me refiero a ningún lujo) sino, como bien dices, mejor permanecer en casa. Entiendo lo de McDonalds para romper un poco con el exceso de comida cina. Un abrazo.

Adrafamor dijo...

hola, alfredo. me encanta tu sentido del humor. me he destornillado de la risa. la cronica no invita mucho a hacer turismo en china, pero no deja de ser objetiva y sincera. eso si, me he reido de buena gana. un saludo desde el caribe. adrian.