15 noviembre 2006

China - Diario de viaje - Hong Kong


29/10/2006

Llegamos a Hong Kong tras un terrorífico viaje de 14 horas (escala en París). Falta de espacio, inmovilidad forzada y un sueño tremendo combinado con mi incapacidad para poder dormir en ningún medio de transporte. Aterrizamos a las 17:30 (hora local) y tomamos un taxi al hotel. Hace un calor tropical, húmedo. Autopistas, bloques de apartamentos de 60 pisos como poco. El sueño de cualquier promotor inmobiliario. Hotel Novotel Harbour View, en la misma isla de HK y muy cerca del centro comercial y de negocios. Encajonada en una estrecha franja entre el mar y la montaña, la ciudad se reduce a tres o cuatro avenidas muy largas siguiendo la línea costera y sus perpendiculares encaramándose hacia arriba. Todo sigue teniendo un aire colonial muy británico: se conduce por la izquierda, autobuses (y tranvías) de dos pisos. Las calles tienen nombres como Des Voeux o Queen’s. Yo me entusiasmo enseguida y alucino con los supermercados de cosas raras, las frutas y verduras de otro mundo en los mostradores callejeros. A Alfonso le parece feo. Y es feo, y cutre, y huele a podrido. Lo que no me impide experimentar esa euforia que me produce la lejanía de lo cotidiano, la surreal sensación de encontrarme en un lugar muy distinto, donde no entiendo nada, donde nada me ata. En Central HK la cosa cambia: aquí las tiendas de quincalla y trapos de cocina dan paso a Louis Vuitton, Gucci y Tiffany’s, grandes edificios de oficinas, moles de cristal y acero iluminadas con luces de colores. Las calles que suben por la colina llevan al Soho, lleno de restaurantes y cafés. Letreros luminosos gigantes. Todo muy Blade Runner. Intentamos cenar en el restaurante Yung Kee –uno de los más famosos- pero está llenísimo de gente y no hay sitio, así que nos metemos en el de enfrente, más económico y familiar. De hecho está lleno de familias con niños disfrazados por la cosa del Halloween. Lo verdaderamente terrorífico es el aire acondicionado, a 10º bajo cero. Es algo que se repetirá constantemente, nos obliga a ir en manga corta por la calle y con anorak en los interiores. Pero a los hongkoneses parece que les encanta. Estamos cansados, hambrientos y un poco ansiosos, y a la hora de pedir la cena nos pasamos tres pueblos. A mi me traen una enorme sopa de pollo y una bandeja con fideos fritos crujientes coronados de langostinos ligeramente picantes. Está muy bueno pero la costumbre que tienen de servir todo junto me pone nervioso: Como sin masticar, me atraganto, se me hace una bola y no puedo tragar. Me ahogo. Corro al cuarto de baño, donde sufro un ataque de arcadas, hipo y ansiedad hasta que consigo vomitar como una vulgar modelo anoréxica. Depresión.

30/10/2006

Nos levantamos a las 8:30, después de una noche en blanco por el jetlag. Templo de Man Mo: pequeñito, un poco cutre, decepcionante comparado con los templos japoneses de hace un año. En las cercanías hay tiendas que venden sets de ofrendas a los dioses: teléfonos móviles, relojes Rolex y otros artículos de lujo, todo en cartón primoroso. Lo compras, lo llevas al templo y lo arrojas al fuego como ofrenda a tu dios favorito y en petición de un favor determinado. Una vez más triunfa el espíritu práctico oriental. Además, te pueden adivinar el destino con huesos de animales (una milenaria costumbre china, relacionada con el origen de su escritura). Después vamos andando hasta el centro, donde admiramos a la luz del día los espectaculares rascacielos bancarios: HSBC, Standard Chartered, Bank of China... Parece ser que Norman Foster (el marido arquitecto de la doctora Ochoa) diseñó el edificio del HSBC de acuerdo a los principios del Feng Shui, el ancestral método chino que combina arquitectura, decoración y naturaleza de modo que favorezcan el bienestar y la prosperidad de los habitantes de una casa. El edificio le quedó muy bonito y los propietarios tan contentos que estaban, con sus cascaditas y sus peces de colores. Pero entonces llegaron los malos, el Bank of China (de la República Popular) y su arquitecto I.M. Pei (el de la pirámide del Louvre), y construyeron al lado un edificio más alto y más rechulo para arruinarles las vibraciones feng shui a los del HSBC. Al fin y al cabo, son una raza cruel. Seguimos andando y llegamos a la estación del “Peak Tram”, funicular que sube (casi en vertical) a la cumbre más alta de la isla, el Victoria Peak. Cuando subimos nos llevamos una ligera decepción: Lo primero que vemos es un gran centro comercial para el turismo consumista. En la terraza, una vista panorámica de la ciudad. Tomamos un café y antes de bajar decidimos dar un paseo por el parque contiguo. Hay una senda de unos 3 kms. que rodea la montaña entre bosques semi-tropicales, con impresionantes vistas de la ciudad y de toda la bahía. Además, el paseo resulta muy agradable porque corre un viento fresco que nos alivia del calor. Bajamos por fin a la ciudad y paramos a comer en una terraza dentro del parque. El parque está lleno de filipinas (acaparan el servicio doméstico) jugando a las cartas y haciendo picnic. Luego atravesamos pasarelas futuristas y megacentros comerciales, nos acercamos al embarcadero y, dejándonos llevar por la corriente humana, tomamos el ferry que lleva a Kowloon, la parte de ciudad que queda en el continente, justo frente a la isla. Al llegar a la otra orilla podemos al fin contemplar la imagen clásica de la ciudad con sus rascacielos apelotonados. Nos metemos en el hall del Hotel Peninsula –una institución- para tomar el té, muy finos nosotros. Pero hay miles de turistas que han pensado lo mismo y hay que esperar, Nos vamos. Damos una vuelta por Nathan Street, una amplia avenida llena de tiendas, la meca del turista compra-gangas. Sin más interés. Museo de Historia: Un interesante recorrido por la historia de este enclave. Muy curiosas las salas dedicadas a las guerras del opio (una auténtica putadita británica, origen de la colonia) o a la ocupación japonesa durante la II Guerra Mundial. Regresamos a la zona del embarcadero, donde han montado un “Stars Avenue” tipo Hollywood pero con estrellas del cine local, destacando Jackie Chan y Bruce Lee (que tiene hasta una estatua de bronce). Desde allí contemplamos el espectacular skyline nocturno de la ciudad, con espectáculo de luz y sonido pelín hortera. De vuelta a la isla, cenamos por fin en el Yung Kee un menú degustación: Pato asado, un pescado muy rico (garupa) rebozado y en salsa con pimientos verdes, trocitos de solomillo de buey con cebolla y fideos de arroz fritos con más pato. De aperitivo nos ponen un extraño huevo negruzco, ni cocido ni crudo, pero muy bueno.

31/10/2006

Tranvía (en el upper deck) hasta Central. metro con trasbordo y tren de cercanías hasta Sha Tin, para ver el templo de los 10.000 budas. Muy recomendado por la guía, con una pagoda que sale en todas las fotos y supuestamente en medio del campo. Ya. Al llegar nos encontramos en medio de otro enorme centro comercial. Es como llegar a Alcorcón. Localizamos la subida al templo (detrás del Ikea) y comenzamos la ascensión por una empinada escalinata. De repente, nos vemos rodeados: cientos de estatuas doradas (plástico duro) de chinos semidesnudos en actitudes grotescas. Super psicodélico, y no vamos en ácido. Son efigies de budas, personas que han alcanzado la perfección con la ausencia de todo deseo. En la cumbre, el templo resulta ser la catedral del “Todo a 100”. Mucho colorinchi barato, mucho incienso y exotismo para hippies. La pagoda, pequeñita y birriosa, podría ser el capricho oriental de un constructor enriquecido en Mejorada del Campo. Nos hacemos unas risas y volvemos al tren. Luego en metro hasta la isla de Landau. Nos bajamos en la estación de Tung Chung para visitar el monasterio budista de Po Lin con la colosal estatua de Buda de Tian Tian. La estación del metro queda muy cerca del nuevo aeropuerto y cuando salimos del subterráneo nos encontramos (¡sorpresa!) otro centro comercial y una urbanización de apartamentos con torres de 60 pisos. Allí se coge un teleférico para llegar al monasterio. Ataque de vértigo, pues las cabinas trepan con rapidez desde el nivel del mar hasta los picos más elevados, alcanzando una altura insospechada y con distancias de kilómetros entre poste y poste. Un poco mareados, llegamos a nuestro destino, que resulta ser un parque temático del budismo, con espectáculos teatrales, área de restaurantes y tiendas de souvenirs. Comemos en el único restaurante que ofrece comida china (los demás son pizzerías y Starbucks). Luego subimos a ver el Buda, que es moderno pero resulta curioso y bonito, y el monasterio adjunto, muy colorista y florido. Para volver a HK cogemos un autobús (el 2) hasta un embarcadero, y allí un ferry a Central. Para despedirnos de la ciudad, volvemos a subir a Victoria Peak con la intención de contemplar el anochecer desde arriba. Todo un acierto: a esa hora no hay apenas turistas, y desde la vereda del monte divisamos uno de los mayores espectáculos que nuestro planeta puede ofrecer. En la neblina rosada, comienzan a encenderse las luces de los grandes edificios. Al fondo, la bahía y Kowloon. El rosa se convierte en violeta y el resplandor de los neones confiere a la escena un aire onírico, de cosa soñada. Pasamos así un buen rato, hasta que la noche se cierra en torno nuestro. Volvemos al centro en un autobús de dos pisos y cenamos en un tailandés del Soho.


4 comentarios:

Argo dijo...

Me matas de la envidia. Muchas gracias por tu comentario desde allende los mares. ¿Es verdad que en Hong Kong se puede comer perro?.

Alfredo dijo...

Pues eso dicen, Argo, y no sólo en Hong Kong. Los de Pekín dicen que al sur del Yang Tse se come todo lo que tiene cuatro patas o menos.

jm dijo...

bien-regresados
que chulas las fotos (pero saben a poco...)
y enhorabuena por el restyling del blog, mucho mejor!

ah, queremos más!!

Alfredo dijo...

gracias, jm!
voy escribiendo el segundo capítulo y habrá mas fotos cuando Mr Flickr me lo permita...