13 agosto 2007

Oriente Medio - Diario de viaje (10)

Domingo 17 de junio. A las 8 en punto estamos en la puerta de las oficinas de Avis (justo debajo de nuestro hotel) para devolver el coche alquilado. Tomamos un taxi hasta la frontera con Egipto, y allí esperamos al contacto de la agencia de turismo con la que hemos contratado la excursión a Santa Catalina y el Monte Sinaí. Pasa el tiempo y el caballerete no acaba de venir. En el chiringuito playero en donde esperamos hay un tío vestido de paisano que empuña un subfusil con aires chulescos. Tiene una cara de tarado paranoico que da pánico. Llamamos desde el móvil a la agencia y nos dicen que el señor en cuestión nos ha ido a buscar al hotel. Pues que bien. El diferentemente capacitado nos mira con curiosidad y nosotros le miramos por el rabillo del ojo.

Tras resolverse la confusión, aparece el representante Vicente. Es un individuo bastante baboso, blando, sudoroso y gilipollas. No le da la gana cobrarnos en euros –sólo acepta dólares-, así que le tengo que dejar el número de mi Visa, cosa que no me gusta un pelo porque no me da ningún tipo de factura ni recibo. Nos advierte contra los egipcios –mala gente, ya se sabe, traidores y felones, no como los israelíes, honrados a carta cabal. Cruzamos la frontera sin problemas: Los policías egipcios tan sólo están interesados en saber si somos del Real Madrid o del Barça. Luego nos enteramos de que esa misma noche se ventila el título de liga –si señor, como típicos/tópicos mariquitas no tenemos ni idea de fútbol, ni nos interesa lo más mínimo (excepto en su aspecto meramente erótico, oh, Zidane!).

Al otro lado nos esperan Ahmed y Suleimán, el guía angloparlante y el conductor del todoterreno respectivamente. Ahmed viene de El Cairo, es joven, más bien bajito y rechonchete aunque muy fuerte. Viste vaqueros y una camiseta. Suleimán, también muy joven, es un auténtico beduino del desierto, alto, guapo y muy delgado, pura fibra. Luce con elegancia una chilaba blanca y lleva en la cabeza un turbante que de vez en cuando se retoca con coquetería. Nos montamos en el Toyota 4x4 nuevecito y nos ponemos en marcha. Durante unos pocos kilómetros, la carretera va bordeando la costa del mar Rojo. Vemos a lo lejos un castillo, algunos resorts de vacaciones a medio construir, playas calcinadas bajo el sol matutino. Luego la carretera gira de golpe y se adentra en la península del Sinaí, un perfecto desierto.

Dos horas y media más tarde llegamos a la zona de Santa Catalina, un conjunto de pequeñas poblaciones que dan servicio al turismo generado por el homónimo monasterio y el cercano monte Sinaí. Nuestro hotel fue bonito en algún tiempo triunfal, cuando hace más de veinte años fue inaugurado por el mismísimo presidente Mubarak. Ahora presenta un aspecto un poco triste y desvencijado, pero conserva un cierto atractivo salvaje con sus hileras de bungalows entre parterres de cactus. Dejamos los trastos en el hotel y comemos en un poblado beduino –suponemos son parientes de Suleimán, porque allí todo el mundo le conoce- bajo las pintorescas lonas de una tienda. Sorprendentemente, dentro se está fresco. El propio Suleimán se encarga de servirnos las bebidas –agua mineral embotellada muy fría- y una merendola compuesta de ensaladas, patatas fritas de bolsa y fruta en abundancia. Luego nos retiramos al hotel para una breve siesta.
A media tarde, Ahmed nos viene a buscar para subir al monte Sinaí. La montaña en cuestión no se llama realmente así –y no existe ninguna seguridad sobre el emplazamiento del lugar de donde bajó Charlton Heston para machacar a su gente con Diez Mandamientos grabados en mármol-, pero todo el tinglado turístico de la zona se basa en la mitología bíblica: Moisés y sus Tablas y la Zarza Ardiente y la Fuente que mana de la Roca y el Becerro de Oro y etcétera. Mientras comenzamos la ascensión por una agradable vereda, Ahmed habla y habla en su oscuro inglés nilóticothe monkes, the girles, the balestinian beoble, the bolish woman- y parece convencidísimo de que todo aquello es literalmente cierto.

Ahmed es un sincero creyente musulmán y bastante islamista además, pero a lo que realmente aspira es a vivir en Frankfurt como mantenido de un germano comesalchichas con posibles. Ahmed salió de El Cairo huyendo de una familia agobiante que pretendía concertarle una vida y una boda. Entiende como una burra y, de vivir en Madrid, no saldría de Chueca ni para ir a la mezquita los viernes. Pero no concibe un mundo en donde la libertad de mantener una conducta sexual alternativa se pueda situar por encima de las convenciones morales sociales y familiares. Contradicciones.

La subida hasta la cima del monte nos lleva no menos de dos horas y media de marcha a buen ritmo. Al principio hace mucho calor, pero en cuanto alcanzamos la vertiente sombreada, nos alcanza un viento serrano que nos hace tiritar, pues no llevamos ninguna ropa de abrigo. A mitad de camino descansamos tomando un nescafé en una chabolilla beduina pretenciosamente anunciada como “café”. Para entonces, Alfonso y Ahmed se han hecho superamigos y hablan de todo lo humano y lo divino –sobre todo de lo divino-, lo que me permite desconectar y sumirme en mi vibrante mundo interior. Más allá del café, el camino se hace difícil y acaba convirtiéndose en una aventura de cabras. Vértigo. Por fin llegamos a la cumbre: Grandiosas vistas panorámicas al sol del ocaso, unos pocos turistas occidentales del género místico y una ermita ortodoxa que, según Ahmed, construyó personalmente Santa Elena.

La bajada es chunga, por mi vértigo y porque –no acostumbrado a estos paseos- acabo perdiendo el control de las piernas y voy dando tropezones. Además, pronto se hace de noche cerrada y, aunque llevamos linternas, se hace difícil caminar por una senda irregular, llena de rocas y arenilla que te hace resbalar a cada paso. Casi me mato cuando Alfonso, en pleno éxtasis astronómico, me hace mirar hacia la impresionante noche estrellada. Al llegar al llano pasamos por delante de los muros del monasterio. Cipreses y palmeras. Todo tiene un aire onírico, surreal.


5 comentarios:

Vulcano Lover dijo...

Me gusta mucho tu viaje, me gusta mucho... Me llevas contigo alguna vez?? ;-P
Besos

Senses & Nonsenses dijo...

no creo que sea sólo carácterístico de los musulmanes el integrismo religioso y el contemplar la opción homosexual sólo como práctica sexual y no como forma de vida. todavía hay mucho de ello entre los cristiannos y como bien nos estás explicando entre los judíos.

un abrazo.

Argo dijo...

¡Yo me apunto con vulcano! ¡llevanos llevanos!

El Castor dijo...

Muy interesante la narración. También valoro -y admiro- esa curiosidad por todo y me sorprende el ingrediente de aventura en tus viajes.
Saludos.

Alfredo dijo...

Vulcano, Argo, para el próximo viaje os aviso!

Senses, totalmente de acuerdo: los convencionalismos sociales en lo referente al sexo y la pareja no son patrimonio de ningún integrismo en particular, sino de todos ellos a la vez. El verdadero ecumenismo se basa en el odio compartido a toda forma de libertad.

Gracias, Castor. Ten la seguridad de que las aventuras que pueden ocurrirme son completamente al margen de mis propósitos (con lo tranquilote y miedica que soy!!)